General
500
colaboraciones (II)
Por.-Enrique
R. Soriano Valencia
A unas
semanas de cumplir 500 publicaciones de Chispitas
de lenguaje
, estoy abusando de las amabilidades de que he sido objeto por
esta casa editorial al hacer un recuento de lo que estuvo detrás de esta
columna. Agradezco a Juan Hernández, director general de Voces Laja-Bajío, su hospitalidad y confío
conseguir el interés de usted, amigo lector.
Un
antecedente más remoto de lo anotado la semana pasada fue cómo me involucré con
el tema de la Columna. Como todo universitario, egresé con serias deficiencias
en ortografía y redacción. Sin embargo, tuve la fortuna de caer en manos de un
jefe muy exigente, don Roberto Calleja Ortega.
Corría el
sexenio de José López Portillo (1980). Las elecciones eran organizadas por la
Comisión Federal Electoral –encabezada por el secretario de Gobernación,
entonces Enrique Olivares Santana–. 
Su brazo operativo era el Registro Nacional
de Electores, RNE, donde el licenciado Calleja Ortega se desempeñaba como director
de Comunicación. Fui invitado Por él a trabajar en el Registro. Unos años antes
nos conocimos en la dirección de Radio, Televisión y Cinematografía, RTC,
cuando él dirigía la Hora Nacional y yo los informativos del Grupo RTC-Radio
(XEB, la B grande de México; la 660 y la 710).
El RNE se modernizaba
al informatizar el Padrón Electoral que antes se elaboraba mecánicamente. Fue
cuando se sustituyó aquella papeleta verde (poco menos de media carta) por el
formato y material que actualmente ostenta (no así el diseño) la Credencial
para Votar. Para iniciar la campaña de medios (llamada La gran acción ciudadana, Padrón Electoral 82) se previó un
desplegado que aparecería en todos los diarios nacionales. Ese sería el
detonante de campaña.
En ese
entonces existía la Comisión Nacional para la Defensa del Idioma, que
encabezaba el Secretario de Gobernación (¡qué falta hace ahora esa comisión!). Por
tanto, cada documento firmado por el Secretario debía ser escrupulosamente
revisado. Calleja me pidió revisar el texto. Consciente (yo) de mis deficiencias,
lo repasé con diccionario en mano palabra por palabra. Me topé con el
sustantivo ‘el porqué’, sinónimo de ‘la razón’, escrito incorrecto (*el por
qué). De inmediato, entonces, corregí y presenté el documento. Por supuesto,
supusieron que mi modificación estaba equivocada, pero con el diccionario
demostré lo contrario.
Con ello me
conseguí una fama que estaba lejos de ser cierta, que mi ortografía era
impecable. Entonces, el trabajo aumentó pues me consultaban con mucha
regularidad al respecto o me daban documentos para revisión. Eso me obligó a
meditar sobre la lógica del idioma, a descubrir sus recovecos, para no depender
tanto del diccionario y de las consultas gramaticales.
Con el paso
del tiempo, debí también familiarizarme con la terminología propia de la
materia y, con la práctica, terminé por construir una visión no académica y muy
práctica del idioma. Esa experiencia me permitió orientar a mis compañeros de
trabajo sin recurrir a vocablos propios de la Lingüística y a dotarme de una
visión más llana cuando inicié esta columna.
Hoy estoy
muy agradecido por ese suceso: me dio la satisfacción de apoyar con eficiencia
a quien me la ha requerido. En un inicio fue de forma directa y a consulta específica.
Con el paso, lo hice a través de una red interna y, sin mencionar directamente
al autor, procuré incidir en los vicios más frecuentes. Incluso hoy vivo de
impartir cursos.
Con este
antecedente de la columna, quizá decepcione a mis compañeros de la UNAM, de la
Generación de Periodismo y Comunicación Colectiva Juan de la Cabada. Al reencontrarnos y saber de mi actividad en los
medios, me han visto como heredero de uno de nuestros grandes maestros: don
Arrigo Cohen Anitúa, experto en el lenguaje. Como estudiante, jamás me imaginé
que también haría algo similar a su actividad profesional.

Soy más
producto de una afortunada circunstancia (como sucede a todos, aunque no
identifiquen el punto que les marcó el rumbo de su vida). No obstante, espero
honrar debidamente a cada maestro que me lleva a enriquecerme en el
conocimiento del idioma… como los mismos lectores, que sus consultas me obligan
a prepararme. 

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