23 noviembre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Contra la unidad del idioma

3 minutos de lectura

Enrique R. Soriano Valencia

Como siempre, la política haciendo estragos. En España, con el propósito de lograr el compromiso de partidos de oposición en otro asunto, el Gobierno de Pedro Sánchez ha introducido en la agenda lo que se conoce como ley Celaá, una iniciativa que tiene como propósito quitar el castellano (allá le dice así al idioma que nosotros llamamos español) como vehículo oficial en la impartición de conocimientos en las escuelas.

Esta columna en raras ocasiones aborda temas políticos. No obstante esta vez lo hago porque tiene repercusiones respecto al español que es el tema central de esta de estos escritos.

Los partidos independentistas desde hace años intentan –como parte de la estrategia de separación del Reino de España– eliminar el castellano de las escuelas. La intención es sustituirlo por el idioma local. Eso implicaría que en cada región se educaría con el idioma catalán, vasco, valenciano y gallego. Ello no es inapropiado porque refrenda, confirma y fortalece la cultura local (tan necesitados aquí en México de conceptos así).

El problema es que el nacionalismo extremo los lleve a despreciar totalmente el español, de tal forma que verdaderamente los aísle. Me voy a explicar.

Los españoles son altamente regionalistas. Antes de presentarse como español, una persona de la península se ostenta por su gentilicio local. Es decir, dicen soy catalán, gallego, andaluz o extremeño, como si todo el mundo estuviera obligado a saber dónde está la localidad. Lo he experimentado. Me he presentado como guanajuatense y de inmediato se extrañan. De inmediato, recibo como pregunta «¿Y eso dónde coños está?». Por eso la mayoría empezamos por el país y después la localidad. El español, no (son cabezotas, como dicen allá).

El localismo es tan exacerbado que incluso descalifican sabores que no sean los de su propia gastronomía (sin considerar que es a lo que están acostumbrados; eso no debería invalidar la de otros lugares).

El idioma corre el mismo riesgo. Actualmente, hermana a más de 500 millones de hablantes. Como en alguna ocasión me dijo don Gregorio Salvador –en aquel momento, vicedirector de la Real Academia Española–, gracias al idioma nos podemos entender sin dificultad, salvo algunas palabras que caen con interpretación diferente, pero eso siempre hace que deriven en algo gracioso y se perpetúan en lo anecdótico.

Despreciar al idioma, invalidarlo por exacerbar el local, tenderá a aislar a las regiones de España que lo tomen como bandera nacionalista. La tendencia actual es a formar una sola humanidad, ciudadanos del mundo. Los nacionalismos en la historia han provocado guerras y rencores al considerarse superiores, mejores o únicos.

La política, como aquí mismo lo vemos, separa personas, provoca rencores, pone las pasiones al límite. Incluso, hasta por conveniencia económica, no debería incluirse el idioma en la rebatinga política. Joan Manuel Serrat, originalmente nacionalista catalán, su obra es más mayoritaria en español porque en catalán estaba limitada a una región. Con el español fue aceptado y cantado en muchos más lugares. Se dio cuenta que el localismo aísla.

No dejemos que los intereses políticos nos separen, menos aún con el idioma.

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