18 enero, 2021

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Contrabandista de Dios

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Jeremías Ramírez Vasillas

El título de este libro cristiano parece un contrasentido, porque el contrabando es un delito que consiste en la entrada, la salida y la venta clandestina de mercancías prohibidas o sometidas a derechos y que se defrauda a las autoridades locales.

            Sin embargo, eso fue precisamente lo que durante muchos años estuvo haciendo el holandés Andrew van der Bijl, mejor conocido como “El hermano Andrés”. Como en su fecha de publicación (1967) corría peligro por su actividad en los países comunistas, firmó sólo con su nombre de pila.

            ¿Cómo puede haber un contrabandista de Dios? El hermano Andrés durante muchos años contrabandeó biblias y libros cristianos hacia los países comunistas, en donde la Biblia y la práctica religiosa estaban prohibidas. Pero no las vendía, sino las donaba a iglesias cristianas clandestinas.

            Andrew van der Bijl nació el 11 de mayo de 1928 en Sint Pancras, Holanda, en una familia pobre. Cuando aún era niño lo alcanzó la Segunda Guerra Mundial, pero las tropas nazis sólo se asentaron en su pueblo, pero sin que él y su familia sufrieran persecución y ni tuvieron contacto con algún judío ni escondieron a nadie que los pusiera en riesgo.

            Al término de guerra se enroló en el ejército para librarse de ejercer algún oficio propio de su condición social: carpintero, carnicero, obrero fabril, etc.

            Durante su entrenamiento militar tuvo contacto con algunas iglesias cristianas, pero no le influyeron en nada, aunque se hizo amigo de una muchacha cristiana quien estuvo ayudándolo mucho tiempo.

            Cuando lo mandaron a la guerra intercambiaba cartas con esta muchacha, y mientras ella le escribía de Cristo, Andrew trataba de conquistarla. Un día, en una de las batallas, fue herido en un pie y lo regresaron a su pueblo.

            Sin muchas expectativas laborales y además con una lesión que lo dejó con cierta cojera, tuvo un encuentro con Cristo y se convirtió. Su pasión por la Biblia y la vida cristiana despertaron en él el deseo de ser misionero, pero sin una formación académica no lo aceptaron en ningún seminario.

            Orando y buscando opciones descubrió una escuela para misioneros en Inglaterra. Mandó su solicitud y fue aceptado. Poco a antes de partir le informaron que se había pospuesto su autorización por falta de cupo. A pesar de ello, siguiendo las indicaciones de Dios, partió hacia ese país y, a pesar de que no fue aceptado, le ofrecieron trabajo en las oficinas del seminario y su buena disposición a trabajar ganó la simpatía de muchos. Cuando le avisaron que había un lugar disponible, una persona que se había convertido en su amigo, le pagó su inscripción y entró.

            En este seminario no sólo formaban a los estudiantes en teología, sino que los entrenaban para confiar en Dios a través de duras pruebas, como ir a lugares distantes a predicar, pero sin dinero; y confiar en Dios para supliera todas sus necesidades incluyendo la inscripción. La condición es que no pidieran donativos ni ayuda económica. Tenía que aprender a Confiar a Dios por sus necesidades, fueran grandes o pequeñas.

Al terminar su formación regresó a Holanda y sin saber a dónde ejercer su ministerio, se puso a trabajar en una fábrica en donde tuvo su primer reto: trabajar con un equipo sólo de mujeres sumamente insolentes y groseras. Y ahí empieza su labor evangelística, sin bien al principio quiso correr, gracias a la cajera que era cristiana (quien después se convirtió en su esposa) enfrentó el reto y logró llevar a Cristo a la líder, a la más aguerrida, la más atrevida, la más grosera y todo el departamento cambió.

            En algunos viajes turísticos a algunos países comunistas se fue dando cuenta de persecución de los cristianos y la falta de biblias. Dios puso en su corazón el deseo de hacer algo por estos hermanos. Poco a poco Dios lo fue instruyendo, y con un vocho que le obsequiaron, empezó a cruzar las fronteras de Checolovaquía, Polonia, Rumanía y finalmente, la Unión soviética, con una oración específica en cada cruce fronterizo: “Así como le abriste los ojos a algunas personas, cierra los ojos de los guardias”. Dios cumplió su petición y de esa manera cruzó entró muchas veces sin que nadie advirtiera su preciosa carga.

            En esos viajes fue conociendo varios cristianos quienes los orientaron y lo pusieron en contacto con las iglesias clandestinas. Y pudo ver con sus ojos la enorme necesidad, pero al mismo tiempo la intensidad de la flama de la fe de estos cristianos cuya luz se había purificado en el sufrimiento.

            Una vez que cubrió todos los países comunistas europeas enfocó sus baterías a dos países con regímenes comunistas, pero alejados de su natal Holanda: Cuba y China.

            De Cuba afirma que hay libertad para la proclamación del evangelio, pero en China parece que el cristianismo ha sido erradicado. No tiene problemas para introducir Biblias pues los funcionarios, que si ven lo que lleva, no le dan importancia y se encuentra con una sociedad ajena al evangelio y que no muestra ningún interés por saber de la Biblia.

Sin embargo, el testimonio del hermano Yun, un cristiano chino de esa época cuando Adrew visitó China, líder de las casas iglesia, nos cuenta que sí había una persecución feroz, y la gente tenía miedo de que le encontraran en posesión de una Biblia o literatura cristiana. Y en esas circunstancias el evangelio y los cristianos no sólo sobreviven sino cómo, a pesar de la persecución, el evangelio crece y se inflama conquistando muchas personas, una persecución que se mantiene hasta el día de hoy, aunque hacia el exterior pareciera que no hay tal.

El libro narra algunas de estas aventuras, dignas de una película de suspenso, en las que se ve la mano de Dios guiando a su pueblo en medio de la adversidad. Sorprende que una misión que él empieza en solitario culmina con un grupo (al que se suma su esposa, valiente y comprometida mujer), quienes fundan la base de una organización denominada “Open doors” (puertas abiertas), que hasta la actualidad se dedican a llevar biblias en los países donde está prohibido el cristianismo y los cristianos son perseguidos, como en China y en los países musulmanes.

            Si algo llama la atención de esta historia real es cómo estos héroes tienen una fe enorme y una dependencia absoluta del Dios para llevar a cabo su tarea, una tarea que se realiza al filo de la navaja. 

            Es un libro inspirador para despertar en nosotros la pasión por el evangelio y su proclamación.

            El libro tiene una magnífica narrativa que captura y logra tal vivacidad emocional que se siente el peligro en cada aventura de Andrew.

El libro fue ayudado en su redacción por Juan y Elizabeth Sherril, quienes fueron coautores de varios libros sumamente vendidos como El escondite secreto de Corrie ten Boom y La cruz y el puñal de David Wilkerson.

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