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 Arturo Miranda Montero

Los mexicanos somos bien aguantadores y también argüenderos. Nos lleva la chingada y luego saltamos a chingadazos. Y ese carácter lo tenemos en nuestra convivencia política.

Siglos de autoritarismo paternalista nos han hecho aguantar de todo; lo más duradero hasta hoy, el sistema priista del que todos abrevamos.

Cuando cierto hartazgo asoma, se desata el chismorreo que sube de intensidad según el caso. Así nos pasó con el foxismo que al grito de ¡ya! pretendió sacar de Los Pinos a las tepocatas, víboras prietas y demás alimañas que transfiguraron a la clase política priista; y el viento logró levantar la ola que Fox surfeó para sí hasta que ésta tronó y dejó todo como fracaso absoluto del farsante.

Otro movimiento de nuestras aguas políticas trajo de vuelta al PRI, disfrazado de “nuevo PRI”; pero doce años de sequía afilaron las garras de los retornados y se fueron manotas sobre el dinero hasta crear tal indigestión nacional que saturó el viento, haciendo emerger otra ola argüendera que tiene en la cresta a ya saben quién.

El movimiento foxista terminó por romperse a las primeras; la subida morena tiene una altura cuya bajada puede ser peor, porque esa ola va a romper en piedras afiladas.

Arriba de una ola nadie se pone a reflexionar, lo que importa es ganar movimiento para que la subida y la bajada provocadas por los vientos no terminen ahogando al surfeador. La ola foxiana ahogó al país en un baño de sangre y corrupción del que no salimos.

¿Por qué otra ola nos daría la solución si no sabemos navegar con paciencia nuestras aguas turbulentas?

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