30 octubre, 2020

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El atentado contra el general Obregón en Celaya

3 minutos de lectura

Por.- Laura García

Durante las primeras décadas del
siglo XX, México atravesó por dos conflictos armados que trascendieron de
manera importante en la vida política y social de la población, en primer lugar
la Revolución, movimiento que culminó con la promulgación de la Carta Magna de
1917, la cual, limitaba los privilegios de la Iglesia Católica, lo que
desencadenó el segundo levantamiento armado conocido como la Guerra Cristera.
Las discrepancias entre Iglesia y
Estado fueron una constante durante los años posteriores a la nueva
Constitución. A lo largo de la administración del presidente Obregón las
fricciones tomaron tintes violentos al estallar bombas en sitios
representativos para el Clero, como en la casa del arzobispo de México, en las
inmediaciones del Palacio Episcopal de Guadalajara y en el altar de la Virgen
de Guadalupe en la Ciudad de México. La situación se agravó cuando el 11 de
enero de 1923, el nuncio apostólico, representante diplomático del Vaticano,
encabezó la colocación de la primera piedra del monumento a Cristo Rey, en el
cerro del Cubilete, lo que ocasionó su expulsión del país, por participar en
actos públicos religiosos, y posteriormente se clausuró la obra.
Ante las restricciones para celebrar
ceremonias fuera de los templos y cualquier acto religioso público, un grupo de
jóvenes católicos, creó la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad
Religiosa, con el propósito de hacer frente a las disposiciones gubernamentales
y a la intención de crear una Iglesia Católica Mexicana, patrocinada por el
Estado y totalmente independiente del Papa. La reacción de la Iglesia fue
suspender el culto religioso en toda la Republica en julio de 1926, ya con
Plutarco Elías Calles en la presidencia.
Los católicos mexicanos no solo se
levantaron en armas para defender sus creencias y a su Iglesia, también,
buscaron abatir a quienes, según su pensar, habían declarado la guerra a
Cristo,  Plutarco Elías Calles y Álvaro
Obregón.
Fueron varios los atentados que
sufrió el ex presidente Obregón, entre ellos el sucedido en la ciudad de Celaya
en el mes de abril de 1928, ideado por un joven guanajuatense miembro de la
Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa, de nombre Carlos Díez
de Sollano. El plan consistía en asesinar a Obregón en el baile que se
ofrecería en su honor, mediante una lanceta envenenada, para lo cual se valdrían
de una joven atractiva de la que no se pudiera sospechar.
Entre los cómplices del atentado se
encontraban dos parientes de Díez de Sollano, las hermanas Margarita y Leonor
Rubio; miembros de asociaciones católicas y una religiosa llamada María
Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como la madre Conchita, quien
propuso para ser el brazo ejecutor a María Elena Manzano, una amiga suya que
quedó huérfana durante la Revolución.
Se acordó que cuatro personas
asistirían al baile en la ciudad de Celaya, la señorita Manzano y tres hombres
que fungirían como guardaespaldas. La joven debía captar la atención de Álvaro
Obregón y lograr que bailara con ella, en un descuido del General, ella le
picharía el brazo con la lanceta envenenada. Concretados los detalles,
abordaron el tren que los llevaría a la ciudad de Celaya, en donde los
hospedaría una tía de Díez de Sollano.

El 15 de abril, los festejos en honor
al general Obregón comenzaron con un banquete en el Molino del Carmen, después
una corrida de toros y por último en el Salón Pathé, el baile. Sin embargo, los
cuatro conspiradores no pudieron entrar al salón, pues había demasiados
militares y era arriesgado. Al ver frustrado su plan regresan a la ciudad de
México en donde la madre Conchita les reprocha que no hicieron nada “porque no
quisieron hacerlo”. Ante el fracaso, se idean nuevos atentados que tienen el mismo
resultado, y es hasta el 17 de julio de 1928 que José de León Toral logra
terminar con la vida de Álvaro Obregón, disparándole en el restaurante “la
Bombilla” de la ciudad de México.

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