0 5 mins 6 años
Por.
Prof. Jorge Gordillo
¡Saludos
elocuentes! Hay pequeñas editoriales que se engrandecen con el trabajo
editorial que manejan. Quizá por los títulos, eso sí muy seleccionados, muy
finos, muy agradables, con plumas (autores) de renombre. Como nada menos la
autora de Este Burro que Metió la Pata Doña Elena Poniatowska, (Elenita de
cariño). Disfrútenla es toda una maestra en la escritura de la literatura, con
muchos premios y reconocimientos nacionales e internacionales.
El final es
una verdadera lección ciudadana. Leamos: “Mane se llamaba Emanuel, pero de niño
jamás pudo pronunciar su nombre. Todavía a los tres años, cuando le
preguntaban: “¿cómo te llamas?”, respondía “Mane”.
Y así se le
quedó; Mane. Platicaba con los animales: los perros, los gatos, las tortugas,
los pájaros y hasta con los colibríes que se van luego, luego. Los animales se
sentían queridos y se acercaban, confiados. A ellos les gusta que los acompañe
el amor.
Íbamos a la
colonia San Juan de Aragón, cerca de la colonia del Sol, ¡qué bonito nombre!,
donde ahora está una compañía trituradora de basura; la frontera entre el
Distrito Federal y el Estado de México.
Ahí pasaba
el tren de carga que iba a Cuernavaca con sus 17 furgones (antes eran 36) y
atravesaba la “Ciudad Lago”, que así se llama todavía porque antes era agua,
pero luego la rellenaron con el cascajo de las enormes excavaciones del Metro…
y se acabó el lago. 
Una tarde,
en el crucero que relumbraba de rieles durmientes, se atoró una carreta que
causó gran alarma. “¡Qué barbaridad. Miren nada más el accidente!”
De la
Cuchilla del Tesoro, de San Juan de Aragón, de la colonia Bosques, de la del
Sol y del Bordo de Xochica llegaron los curiosos; no sólo hombres y mujeres,
sino perros con sus piojos y gatos con sus lagañas y zopilotes con su hambre.
La carreta llevaba alfalfa para los conejos y las vacas, porque en esa época
había establos en ese rumbo. Los almacenes de forraje pertenecían a Jaime
Sabines, que repartía leche buena con harta nata e iba todos los días a leerle
poesía a las vacas. Sonaron los cláxones.
Enojados,
los choferes maldecían a esa carreta deteniendo en medio de la vía y le
gritaban al dueño: –Órale, muévete, burro. ¿Qué te pasa? Y el viejito le daba
latigazos al burro con unas cuerdas de ixtle.
El animal no
podía moverse porque se le había atorado el casco de su pata derecha en uno de
los rieles y, por más lucha que hacía, le era imposible zafarlo. Los cláxones
se hacían cada vez más furiosos y los insultos atravesaban el aire y llegaban
hasta la alfalfa verde.
Entonces
Mane, con la naturalidad de sus trece años, dijo: –Vamos a deshacer este
entuerto. (Igualito que el Quijote, que en ese año leía en la escuela.) –Voy a
ponerle remedio a esto –repitió. Descendió raudo y veloz del vochito verde y le
pidió al señor de la carreta: –Ya no le pegue. Puso sus dos manos sobre el
tobillo del burro, jaló hacia arriba y sacó el casco de la trampa sin ningún
trabajo. Todos los demás estaban viviendo una calamidad, y él, muy contento, le
pidió al burro que siguiera su camino. 
El burro era gris, muy fuerte, muy
bonito, y sonrió con todos sus dientes: –Ahora sí, ya puede irse –le dijo Mane
al viejo de la carreta. Los automovilistas cruzaron la vía y hubo quien gritara
desde la ventanilla: – ¡Gracias, muchacho! Era el único que no se había quedado
cruzado de brazos, mientras los demás rebuznaban indignos, enfurecidos,
ultrajados, sin buscar solución.
Una pata se
mete donde sea, pero siempre se puede “sacar la pata”.” Nos leeremos en la
próxima.
Ficha Técnica:
Titulo: El Burro Que Metió La Pata, Autor Elena Poniatowska, Fernando Robles,
Editorial: Tecolote, Precio: $85.00, Capturista: Miriam Vanessa Guerra López.

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