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¡Saludos ligeros como el
aire! Hablando del aire ¿Qué estamos haciendo para que sea puro? Leamos: “En el
reino de fuego había un enorme castillo, rodeado por un profundo foso. 
Desde
las altas torres de vigilancia, los guardias cuidaban día y noche que ningún
peligroso dragón se acercara. En él vivía un pequeño caballero que era tan
valiente como tres caballeros juntos y llevaba todos los nombres de sus
antepasados: Ignacio Rufino Arturo Clemente Ugolino Nazario Daniel Olimpo,
noble e ilustre caballero de fuego y otros reinos. Como su nombre era muy
largo, de cariño lo llamaban Iracundo y para nada era una casualidad, pues iba
muy bien con su carácter. Iracundo poseía todo lo que un verdadero caballero
debe tener: un escudo para protegerse de los ataques, una espada de plata, una
daga filosa, una lanza de largo alcance y un astuto corcel: Rosita. Como las armas
eran muy pesadas, el pequeño caballero tenía un asistente encargado de
llevárselas a todos lados. 
El caballerito siempre llevaba una pluma roja sobre
su yelmo que el rey le había concedido como premio por su valor en el campo de
entrenamiento.  Sin embargo, a pesar de
la pluma, el pequeño Iracundo no había vivido nunca una ventura ni conquistado
alguna hazaña. Practicaba sin descanso sus movimientos para el combate. Incluso
comenzaba a entrenar antes del desayuno real y, por suerte, tenía miles de adversarios…
aunque todos eran de madera. 
Primero ensayaba el ataque con la espada, después
la defensa con la daga y luego el feroz rugido con lanza. Pero un día, después
de horas de entrenamiento, Iracundo se sintió terriblemente aburrido. Afuera
del castillo se alzaba una nube de humo sobre el bosque tenebroso. “Son los
bufidos de los dragones que se burlan del reino entero”, pensó. – ¡Ya estoy
harto de combatir contra rivales de paja y bribones de madera! –exclamó y lanzó
su espada por los aires. Afuera temibles fieras los rodeaban, y él no
estaba   dispuesto a permitir que las cosas siguieran
así ni un segundo más. 
Necesitaba demostrar que podía él solo, combatir y
vencer a los dragones. -¡Ya lo verán, acabaré con ellos! – gritó. Lleno de ira
tomó su escudo, su espada, su lanza, su daga y se lanzó sobre los muros del
castillo con tanto ruido que solo se escuchaba el tintineo de sus armas de
combate. Los prisioneros del calabozo tenían los pelos de punta. 
El fantasma
del castillo se puso más pálido de lo que ya estaba, temblaba y revoloteaba por
la cocina donde el cocinero real preparaba una sopa con todo y salero. En el
salón del trono la reina y el rey dejaron lo que estaban haciendo. – ¿Y ahora
que le pasó a nuestro pequeño Iracundo? – se preguntaban, mientras lo veían
desde la ventana. Ay, ¡pobres! Cuánto sufrieron con las palabras del
caballerito: – ¡Estoy harto de entrenar, papás! – gritó -. Voy a buscar una
aventura de verdad- tomó un paquete de salchichas, brincó sobre el lomo de
Rosita y salió a toda velocidad, internándose en el bosque tenebroso. 
Pálido y
angustiado, el rey corrió hasta la torre más alta. Dirigió su mirada hasta la
densa nube de humo que auguraba desgracias, pues los dragones no son cosa de
juego. Desde lejos, Mama Dragón observaba el castillo donde siempre había
tremendo alboroto. – ¿Cuál de todos los Iracundos estará enojado esta vez? –
gruñía nerviosa porque había perdido de vista a su hijo Púas” Sigue la
historia. ¿En qué quedará? Nos leeremos en la próxima. El Pilón Filosófico: “Los cuentos nos universalizan”.

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