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Arturo Miranda Montero

Las tremendas tribulaciones provocadas por el gobierno central tienen a miles sin coche como acostumbraban.

Los cantos oficiales quieren ver una gesta heroica a imagen y semejanza de la expropiación petrolera cardenista. Eso es jalarle demasiado el pescuezo al ganso.

El petróleo en 1938 y en delante era visto como la palanca industrializadora nacional; sus efectos están a la vista: una creciente congestión urbana, la mayor contaminación jamás vista y la orientación permanente del gasto público a la obra vial.

En 1938, había 150 habitantes por vehículo; el año pasado, 2018, esa relación es de tres por uno: hoy todo mundo quiere un vehículo y lo quiere en su casa.
Ahora, cuando los combustibles no están a la mano, las calles se han descongestionado, los cielos están limpios y, por supuesto, las personas le han tenido que buscar para moverse.

Calles, caminos, carreteras, autopistas y hasta baches son interminables y perennes gastos públicos; todo se ha construido para los vehículos, privados sobre todas las cosas. El transporte público ha permanecido como el gansito feo.

Si el cardenismo vio el futuro industrializado, el morenismo no atina a ofrecernos más que una “limpieza” al aventón. Perdonados de antemano, privilegiados (es decir, privados del ejercicio de la Ley) los mafiosos se refugian en sus madrigueras de lujo; nos darán chivillos con historias orolescas para la galería y ya.

La nueva élite gobernante no atina a construirse su futuro histórico (del panismo, ni hablar). Si nos dijera que el sentido del “progreso” será otro sin las taras del coche… pero nada, ni gasolina hay.

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