Dom. Sep 27th, 2020

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El desorden mundial: el espectro de la dominación total

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Por.- Leonardo Boff
                Es
el último título de Luiz Alberto Moniz Bandeira (Civilização Brasileira, 2016),
nuestro más respetado analista de política internacional. El autor ha tenido
acceso a las fuentes de información más seguras, a múltiples archivos, a lo que
se une un vasto conocimiento histórico. Son 643 páginas densas, pero escritas
con tal fluidez y elegancia que da la impresión de estar leyendo una novela
histórica.
                Moniz
Bandeira es ante todo un minucioso investigador y, al mismo tiempo, un
militante contra el imperialismo estadounidense, cuyas entrañas corta con un
bisturí de cirujano. No sin razón fue preso entre 1969 y 1970 , y de nuevo en
1973, por el temible Centro de Informaciones de la Marina (Cenimar), por
oponerse críticamente, en el contexto de la guerra-fría, al principal soporte
de la dictadura: Estados Unidos.
                Los
materiales de que dispone le permiten denunciar la lógica imperial presente en
el subtítulo: “guerras por procuración, terror, caos y catástrofes
humanitarias”. Quien alimenta todavía admiración por la democracia
norteamericana y procura alinearse con los designios imperiales (como hacen los
neoliberales brasileros), encontrará aquí un vasto material para reflexión
crítica y datos para una lectura del mundo más diferenciada.
                Dos
lemas orientan el centro de poder del estado norteamericano con sus innumerables
órganos de seguridad interna y externa: “un mundo y un solo imperio” o “un solo
proyecto y el espectro de la dominación total (full-spectrum
dominance/superiority)”. Es decir, la política externa norteamericana se
inspira en el (ilusorio) “excepcionalismo” del viejo “destino manifiesto”, una
variante “del pueblo elegido por Dios, raza superior”, llamada a difundir en
todo el mundo la democracia, la libertad y los derechos (siempre según la
interpretación imperial que prestan a estos términos) y a considerarse
(pretendidamente) “la nación indispensable y necesaria”, “ancla de la seguridad
global” o el “único poder” (lonely power).
                Ya
en el siglo XVIII Edmund Burke (1729-1797) y en el siglo XIX el francés Alexis
Tocqueville (1805-1859) presentían que el presidente norteamericano tenía más
poderes que un monarca absolutista y que eso degeneraría en una military
democracy (p. 55). Efectivamente, con George W. Bush a raíz de los atentados a
las Torres Gemelas”, se instauró una verdadera democracia militar, con la
declaración de la war on terror y la publicación del patriotic act que
suspendió los derechos civiles básicos hasta el habeas corpus y dio permiso
para las torturas. Esto, ciertamente, configura un estado terrorista.
                Como
varios científicos norteamericanos, citados por Moniz Bandeira (p. 470),
afirmaron: “ya no hay una democracia sino una economic élite domination a la
cual debe someterse el presidente. Las decisiones son tomadas por el complejo
industrial-militar (la máquina de guerra), por Wall Street (las finanzas), por
poderosas organizaciones de negocios y por un pequeño número de norteamericanos
muy influyentes. Para garantizar el “espectro de la dominación total” mantienen
800 instalaciones militares en el mundo, la mayoría con ojivas nucleares y 16
agencias de seguridad con 107.035 agentes civiles y militares. Como afirmó H.
Kissinger: “la misión de América es llevar la democracia, si es necesario
mediante el uso de la fuerza” (p.443). En esta lógica, de 1776 a 2015, o sea,
en los 239 años de existencia de los EUA, 218 han sido años de guerra y sólo 21
años de paz (p. 472).
                Se
esperaba que Barack Obama diese otro rumbo a esta historia violenta. Ilusiones.
Cambió solo los nombres, pero mantuvo todo el espíritu excepcionalista y las
torturas en Guantánamo y en otros lugares fuera de Estados Unidos como en
tiempos de Bush. A la perpetual war le dio el nombre de Oversee Contingency
Operation. Por decisión personal (penal), autorizó cientos de ataques con
drones y con aviones no pilotados, matando a los principales líderes árabes (p.
476).
                Con
cierta decepción, Bill Clinton constató: “Los Estados Unidos no han vencido
ninguna guerra desde 1945” (p. 312). De Irak huyeron en silencio en la
oscuridad de la noche (p. 508).
                El
libro de Moniz Bandeira entra en detalles mínimos sobre la Guerra en Ucrania,
en Crimea y en el Estado Islámico en Siria, con nombres de los actores
principales y fechas.
                La
conclusión es avasalladora: “Dondequiera que intervienen Estados Unidos con el
specific goal of bringing democracy, el objetivo específico de llevar la
democracia, esta se compone de bombardeos, destrucción, terror, masacres, caos
y catástrofes humanitarias… entran para defender sus necesidades e intereses
económicos y geopolíticos, sus intereses imperiales” (p.513).
                La
cantidad de informaciones presentadas sustentan esta afirmación, no obstante
las limitaciones que siempre podrán ser aducidas.

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