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Enrique R. Soriano Valencia

El Día del Libro se celebró el pasado 23 de abril y el debate entre los candidatos a la presidencia de la República, un día antes. ¿En qué se relacionan? Al parecer en nada… y eso es lo lamentable.

En los libros se aprende a razonar, a reflexionar, al uso de la palabra. En el debate solo lo último estuvo presente, pero de forma por demás soez. El uso de la voz sirvió de forma para intentar destruir y no para construir; para denigrar y autoensalzarse; para evadir y repetir con obstinación alguna superficialidad; para enardecer, no para la reflexión o el análisis.

Cual si fueran telenovelas o un espectáculo, la mayoría de los mexicanos se entretienen en los llamados memes, en los productos de la guerra sucia, en contabilizar cuántas veces fue atacado o si se supo defender determinado candidato. Lo importante, por los comentarios en las redes sociales o de muchos articulistas, es detenerse en los detalles (golpes bajos, información novedosa que ponga en aprietos a alguien o la adjetivación que usó). Eso recuerda la pasión, el gusto popular por la nota roja, en la que se solaza sádicamente la población por conocer de las 60 puñaladas dadas a una víctima. Las acciones de justicia pasan a segundo término, lo destacable es cuánto fue torturado y los detalles de esta.

Con esos criterios se observó el debate. Así estuvo. Mediante el número de respuestas obtenidas a sus cuestionamientos (o su ausencia), algunos candidatos se proclaman vencedores o por la cantidad de saetas insertadas al oponente. Hicieron sangrar políticamente a su oponente. El espectáculo del coliseo dejó satisfecha a la audiencia pues fue testigo del sufrimiento político y de los golpes bajos asestados… Perdió México. El debate no fue para construir, fue para destruir personas… a otros mexicanos.

Los libros enseñan a debatir, a argumentar, a formular propuestas, a presentar puntos de vista novedosos. Los libros estuvieron ausentes en un debate en el que se juega el futuro del país. Hay cientos de libros sobre argumentación; hay otros tantos sobre oratoria; hay múltiples para la elaboración de planes y programas. Todo ello no importó.

El promedio nacional de lectura en nuestro país no llega a un libro al año (Inegi). Con un nivel tan bajo de reflexión, es natural que no se exigiera más a quienes contendieron. Los contrincantes están a la altura exacta del espectador. No destacaron.

Los niveles educativos (muy diferente al número de graduados escolares; de estos hay cientos, pero el número no refleja las condiciones de educación poblacional) son francamente muy bajos. En las universidades las deficiencias ortográficas, de redacción, de información general o de conocimientos históricos se observan lamentables. Cuando charlo con profesores, la queja es generalizada. Incluso entre el mismo profesorado, la formación es deficiente.

El número de libros leídos por alumnos y profesores es pasmosamente bajo: no llegan a diez en toda su vida. Entonces, es natural: no tendremos un encuentro de categoría superior si la población ni siquiera se imagina que pudiera existir algo mejor. Nadie pide lo que desconoce. Si no se tiene un nivel superior, tampoco se puede demandar.

Denuncio en este encuentro de candidatos la ausencia de líneas de gobierno. Ninguno delineó un plan o programa; solo buenos propósitos (y de eso estamos hartos). Las líneas de un programa no está en decirse mujer para defender a las congéneres (eso se espera, aunque no sea del mismo sexo), ni amenazar con quitar algún miembro (el regreso a la barbarie), ni decirse calumniado (la victimización para atraer instintos maternales), ni ostentase como la mejor experiencia (que no sirvió de mucho para la ausencia que reclamo) o erigirse en adalid contra la corrupción (esos mismo prometieron cada uno de los expresidentes cuando eran candidatos). Lo menos de un gobernante  es demostrar capacidad, visión amplia, un concepto de nación. No lo demostraron y si ello fue su visión de país, por eso nos va como nos ha ido. Por ello, sostengo que los libros –los que forman a los individuos, los que hacen desaparecer las raquíticas visiones de espectáculos frívolos– estuvieron ausentes en el debate. Un triste 23 de abril. La víspera aniquiló al producto más importante de la cultura humana.

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