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Gabriel Ríos

Después de un
sexenio de frivolidad y malas decisiones de López Portillo (1976-1982), los
mexicanos nos sujetamos a una austeridad de tres puntos: 1) Comer en casa, 2)
Consumir menos bebidas alcohólicas y 3) Ser fieles a nuestras esposas y
respetuosos con nuestras novias o amigas.
Todo esto fue
forzado por el socavón de las finanzas públicas, que nos dejó sin reservas
monetarias y nos obligó a arrodillarnos ante el Fondo Monetario Internacional.
La inflación alcanzó 190% anual y el tipo de cambio llegó a 3,200 pesos por
dólar en 1988. Además, Salinitas le quitó tres ceros a la paridad y la redondeó
a 3.30 pesos por dólar, por razones prácticas.
Aquello del
juramento de “…y si no lo hiciere así, que la Nación me lo demande”, durante la
investidura de cada nuevo mandatario presidencial, dejaba para el olvido el
verso rimado “te mando pero no te demando”.
Hoy enfrentamos
un nuevo reto de austeridad, con la diferencia de que no estamos de hinojos
ante el FMI y que el peso se podrá devaluar ante el dólar si acaso un 5% para
fines de 2019, pero debido a presiones originadas en el comercio internacional
gracias a Mr. Trump y su club de Tobis nacionalistas y decadentes.
Podemos
regresar a una economía donde produzcamos alimentos y bebidas sanos para
comerlos y beberlos nosotros y no para exportarlos, porque contienen mucha agua.
Podemos dejar de consumir agua embotellada con azúcar y saborizantes, en
envases de plástico hechos con hormonas sintéticas y que explican en parte por
qué las mujeres mexicanas empiezan su menstruación a edades cada vez menores y
porque ha aumentado el cáncer de mama. Podemos dejar de consumir alimentos que
contienen conservadores que alargan su vida de anaquel y acortan nuestra vida
saludable. Podemos consumir los buenos vinos de mesa que se están produciendo
en nuestro país, presionando su precio a la baja y su calidad a la alza, al
aumentar el volumen de su consumo.
Podemos dejar
de importar tecnología que no nos aporta ni educación ni conciencia y utilizar
los celulares para fines de comunicación propositiva. Podemos impulsar la
investigación científica y el desarrollo tecnológico para reducir nuestra
dependencia del extranjero y generar mayores divisas. Podemos aumentar los
salarios y la oferta de productos y servicios de origen local para que el
consumo favorezca a la economía interna y expanda el comercio internacional de
los excedentes.
Podemos
ejercer la sexualidad desde cualquier edad pero con responsabilidad, basados en
información de primera calidad. Púberes y ancianos pueden disfrutar de su
naturaleza sin sentimientos de culpa y sin crear una carga innecesaria al gasto
en salud pública.
El viejo
dicho “esos son otros López” equivale un poco a aquello de “No es lo mismo pero
es igual”. Si es igual el apellido López pero no es la misma forma de sentir a
nuestra Patria.
Por cierto,
felicidades a Chente Fox, porque sus “tierritas” podrán ser sembradas con
cannabis y le lloverá más dinero del que se robó directamente o a través de
complicidades.

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