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Arturo Miranda Montero 

Que si la síndica quiere que el callejón en que vive se arregle, nos cuesta a todos. Que si a la regidora se le ocurre una villa navideña, también cuesta. Que si se alquilan adornos, hay que pagar. Así toda ocurrencia de los “gobernantes” cuesta y se paga con dinero público.

Estos días son de presentar ingresos y egresos de los gobiernos todos. Desde el central -más centralizado que nunca- hasta los municipales, todos quieren más ingreso para gastarlo en sus ideas, sean o no útiles.

Los cálculos van y vienen, derraman bilis y ensoñaciones: unos se ven reducidos y otros con ganancias. Pero, ¿de dónde sacan dinero para gastar? De nuestras contribuciones que nos son impuestas.

De nuestros ingresos por trabajar, invertir o ahorrar, los gobiernos imponen los navajazos que reducen nuestros capitalitos y engrosan los suyos. Ellos aseguran que todo lo que les entra es para nuestro bienestar: seguridad pública, salud, educación y así…

Pero cuando vemos cómo se enquistan los parientes en las nóminas oficiales, cuando los partidarios ocupan cargos y cuando vemos en qué ocurrencias dilapidan lo que nos quitaron, es entonces que uno tiene que evaluar si esos gobiernos sirven para nosotros o para servirse ellos.

Cuando uno va a votar debiéramos pensar en hacernos cargo de los que elegimos para controlarlos, porque usan nuestros votos como si fueran cheques en blanco, y, como alguien dice, hasta les agradecemos como si hiciéramos reverencias al cajero automático que nos da nuestro dinero, cobrándonos altas comisiones.

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