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Arturo Miranda Montero 

“Todos son iguales”, es lapidaria sentencia por desconfianza a cualquier gobierno.

Cuando es temporada de cacería de votos, los candidatos y sus partidos dicen hasta de qué se van a enterar nomás arriben ellos al cargo: que los corruptos la pagarán, que las arcas se auditarán, que los servidores serán honestos, que lo que sea, con tal a atrapar ingenuos.

Pero nomás llegan y luego se fugan, se enclosetan, se meten a sus cámaras y recámaras, allí donde nadie los mira y en donde deciden qué sí y qué no. Les vale que juraron leyes, entre las que figuran las del derecho a la información, a la rendición de cuentas y a la transparencia gubernamental.

Instruyen de inmediato que se cierren puertas y ventanas, que ya viene el ete que donde quiera se mete. Enlistan a los que les servirán de incensarios a cambio de una lana y tachan a quienes les pueden inquirir, molestar, reclamar, exigir o hasta acusar. Su política de “comunicación” es no comunicar nada, sino instruir, publicitar y, cuando mucho, dar una rueda de prensa sin preguntas o enviar un boletín que pagarán con el erario.

Eso sí, las redes y los anuncios con harta fotografía sonriente del preciso se multiplican atosigantes a costos altísimos, infringiendo la ley y la inteligencia, dados los montos erogados a sus medios y publicistas favoritos. Nos dirán que hay grandeza, que seremos mejores, que arriba y adelante, que… pavada y media.

Encerrados en sus cárceles de aire, no quieren hacerse cargo de que su desprestigio es el desprestigio de las administraciones públicas, esas que se equiparan al lodazal de la desconfianza generalizada. Con su pan se lo coman.

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