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Guanajuato, Escenarios Políticos

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Elecciones 2018, Miguel Márquez Márquez, Pan, Precampañas A
Gobernador, Pri, Sucesión Estatal

Por.- Arnoldo Cuéllar 

Zona Franca

Márquez en campaña
El gobernador aprieta tuercas para impedir lo que ve como
proselitismo desordenado en el PAN, pero que también podría considerarse
libertad de elección.
La ofensiva de Miguel Márquez para intentar controlar la
sucesión de Guanajuato ya empezó.
Su primer objetivo es eliminar la tradicional anarquía
panista, la onda grupera, y tratar de encauzar todas las precampañas dentro de
un solo marco, que le permita a él, en lo personal, ser el gran artífice.
De ahí su constante llamado de las últimas semanas a los liderazgos
panistas en municipios, en diputaciones y en las dependencias estatales para
que no realicen en activismo en pro de precandidatos.
Para amarrar el llamado, Márquez está por tomar decisiones
al seno de su propio gabinete y ajustar algunas tuercas, incluyendo ceses de
funcionarios, ya se rumoran dos o tres en ese sentido.
Si la idea de Márquez fuera convertirse en un gran elector
al estilo del viejo PRI, una fórmula que funcionó por 70 años y que se quebró
con la muerte de Luis Donaldo Colosio, lo justo sería que cercenara a
activistas de todos los precandidatos, o por lo menos de los dos que aparecen
más polarizados.
Probablemente no pase así, pues en realidad lo que el
gobernador parece perseguir es el freno a uno de los aspirantes, al que parece
estar más adelantado, en tanto que el otro es alentado a meter el acelerador.
De cualquier manera, con estos movimientos Márquez está
tratando de asumir el rol del fiel de la balanza, un papel que hasta ahora no
había asumido ningún gobernador panista de los que le antecedieron.
Si se recuerda, Vicente Fox aceptó como candidato a Juan
Carlos Romero como una imposición de Elías Villegas y Juan Manuel Oliva; Romero
despreció a Oliva por razones casi raciales y trató de impulsar a Luis Ernesto
Ayala, pero se vio vencido por el activismo de quienes antes lo habían hecho
candidato a él mismo. Oliva se debatió en dudas entre Márquez y Gerardo
Mosqueda, lo que fue aprovechado por Fernando Torres Graciano y Márquez para
asaltar la precandidatura del grupo oficialista.
Y antes de todos ellos, Carlos Medina no pudo evitar ni la
elección extraordinaria, tras retrasarla 4 años, ni la candidatura de Vicente
Fox que lo tenía catalogado como un traidor.
Hoy Márquez quiere superar esa historia e iniciar una nueva
etapa en su partido: un PAN que es cada vez más PRI, pero en su versión más
pasada de moda la del tapadismo y el dedo elector, en versión blanquiazulada.
La gran pregunta es si resultará el experimento. Por
ejemplo, si los panistas de estos tiempos están tan domesticados como los
priistas del alemanismo o del echeverrismo. Hasta ahora, las señales hacen
parecer que están más cerca de eso que del viejo independentismo
gomezmorinista.
Sin embargo, si Miguel Márquez logra sus objetivos, ninguno
de los que hoy se ubican como sus posibles benefactores podrá estar seguro.
A final de cuentas, ante una eventual renuncia de la
militancia del PAN a su libertad de elección, los únicos intereses que
prevalecerán serán los de un mandatario que puede no estar pensando en el
futuro de su partido, sino en el resguardo de sus intereses.
Lo peor de todo, es que los panistas, sean líderes o
militantes de la base, ni siquiera parecen haberse enterado de lo que está en
juego. En su prisa por acomodarse o por permanecer en las nóminas, la cuestión
de fondo está pasando de noche.
En el PAN se inaugura la época del juego cupular y de los
acuerdos en lo oscurito, a un cuarto de siglo de asumir el gobierno estatal
derrotando a otro partido al que habían llevado al desastre precisamente esos
mismos métodos.

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