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Enrique R. Soriano Valencia

Uno de los factores que permite la identidad nacional se ha perdido. Actualmente, los mexicanos no tenemos una definición clara de quiénes somos, ni cuál es nuestro futuro. Estamos a la deriva. Como sucedió quizá hace más de mil quinientos años, hemos perdido nuestro rostro y corazón. Es decir, somos un país despersonalizado.

¿En qué consiste la identidad nacional? En la capacidad de reconocer de forma clara valores, cultura y concepto de nación. El debate y lo que se comenta en las redes sociales de ello dan muestra que los mexicanos estamos divididos, no tenemos un concepto común. El término del “México que todos queremos” (usado no solo por un candidato, sino por cientos en todos los lugares del país, aplicable a cada localidad y por todos los partidos políticos) es tan remoto como indefinido.

Y esta claridad se empieza por lo más elemental: todas las naciones saben el origen de su nombre y gracias a ellos, se identifican con su historia, con sus antepasados y, por tanto, consigo mismos. A los mexicanos nos pasa algo diferente: no sabemos quiénes somos –y, por lo tanto, de lo que somos capaces–, porque no estamos identificados con nuestra historia y tradiciones.

El origen del nombre que recibe cada lugar se le llama toponimia. Eso significa, conocer los inicios del nombre de una localidad, región o país. Así como actualmente el movimiento feminista aboga por usar el femenino en los términos que más sea aplicable porque –se argumenta con toda lógica– “lo que no se nombra no existe conceptualmente”; lo mismo sucede con el nombre del país con su significado. Si no se conoce su origen y no se enuncia o se explica, el proceso de conceptuarlo se hace inexistente y tampoco se produce identidad nacional. He ahí el enorme daño de los modelos educativos basados en solo enseñar lo que la necesidad laboral exige. Esa corriente es responsable la eliminación de la historia como materia en algunos programas o en ciertos niveles. Será práctico inmediato dotar de habilidades para el trabajo, pero a la larga despersonaliza y vuelve indiferente a la población porque no hay identidad con su comunidad o con su propia nación. En buena medida, la falta de una visión de un México ideal –como conjunto de individuos en una sola dirección, con un solo sentido– es lo que ha acarreado.

Hay 96 hipótesis de los que significa la palabra México. Desde un punto de vista personal, la que se apega más al concepto filosófico del pueblo que la ostentó sería “El lugar desde donde parte todo”. Según la perspectiva mexica –el pueblo sin rostro, antes de tener la más importante de las misiones– al fundar su ciudad (de donde viene el nombre de nuestro país), su papel fue proteger al Universo de la destrucción. Para ello, debían convencer a todos los demás pueblos de esa misión. Una vez conquistados, poco a poco los pueblos sojuzgados irían reconociendo la importancia del sacrificio de los más destacados guerreros. Su sangre fortalecería a los dioses y, por tanto, al Universo.

Según esta hipótesis, México se descompone en los conceptos en náhuatl de metl, que significa maguey; xictli, que se traduce como ombligo; y el sufijo co, que tiene el sentido de lugar.  Literalmente es “en el ombligo del maguey”. Sin embargo, debe tomarse en cuenta que traducir literalmente vocablos en nada refleja el sentido de una lengua. Combinado con la misión dictada por su dios tutelar, se refiere al centro desde donde surge su misión hacia todos los puntos Universo.

Identificarnos con este concepto nos haría mexicanos más fortalecidos. Es decir, si reconocemos que somos una nación que da y tiene talento en múltiples sentidos, que somos capaces de levantar una nación en unas cuantas generaciones, que la armonía con que cosmos nos guía, que eso es lo que verdaderamente significa ser mexicano; entonces tendríamos una nación totalmente distinta. Eso es lo que significa ser mexicano… aún no lo somos perdimos el rostro y corazón.

Los invito a que me acompañen este sábado 5 de mayo en la feria del libro de León a las 13:00 en el pabellón de Guanajuato para las letras a la presentación de mi libro Tlaquetzalli.

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