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Gabriel Ríos
En nuestra oferta turística abundan los edificios
diseñados por españoles y ejecutados, en estructura y ornamentación, por los
indígenas de nuestra Patria. En algunos pueblitos y comunidades captamos quiénes
éramos antes de la Conquista. Los centros ceremoniales (CDMX, Teotihuacan,
Montealbán, Chichén Itzá, etc.) y otros lugares, son un aporte visual magnífico
a ese propósito, pero insuficiente para explicar en quiénes nos hemos
convertido, más allá del lugar común del “mestizaje”.
La Dra. Silvia Rivera Cusicanqui denuncia “acciones
civilizatorias, a veces muy violentas, que continúan vigentes bajo ropajes
engañosos, como el discurso del ‘desarrollo’ o de la ‘erradicación de la
pobreza’”, que superponen capas eurocentristas a los antecedentes físicos,
ideológicos y sensibles de nuestro pasado precolonial y que no permiten a la
gente común y corriente rescatar su identidad sin entrar en conflicto con la
huella europea que pervade a nuestra cotidianeidad.
Más allá de vender turismo, los indígenas, desde el
altiplano andino hasta el altiplano mexicano se han manifestado para tratar de
contrarrestar el extraccionsmo de las empresas transnacionales, ante la
complicidad de los gobernantes cartesiano-neo-liberales que plagan a
Latinoamérica, entre otros continentes. Es desgarrador saber que, lo mismo en
Chile que en México, ha habido enfermedad y muertes masivas, por contaminación
ambiental de parte de empresas mineras transnacionales.
Queda claramente contrastado el paradigma de “yo
pertenezco a la Tierra” con el de “la Tierra me pertenece a mi.” Las guerras
confirman estas cosmovisiones porque en el primer caso no acaban con el medio
ambiente y en el segundo si. Quien lo quiera constatar puede darse una vuelta a
las zonas fronterizas de Francia y Alemania o de Vietnam y Camboya o de la zona
balcánica o de algunos sitios en África, donde aún hay bombas y granadas sin
explotar y paisajes casi imposibles de rescatar.
El crecimiento y desarrollo verdaderos de México
pasa por nuestros indígenas, pero la falta de disposición del resto de la
población no permite el acercamiento y la negociación. Tantos “emprendedores
orgánicos” no son identificados con nuestros indígenas, quienes desde antiguo
vivían “orgánicamente.”
Seguimos colonizados, principalmente a través del
lenguaje que se maneja en los hogares y en los medios, y que perpetúa una
percepción equivocada de quiénes somos y queremos ser. No somos capaces de
entender los usos y costumbres de nuestros indígenas y encontrar en ellos la
complementaridad que tanta falta nos hace para encontrar una identidad definida
y robusta, alejada por igual del patrioterismo y del consumismo. Describimos el
interior de la casa que nos gustaría habitar, pero nos negamos a entrar en ella
bajo cualquier pretexto.
Al escuchar a los “Empresarios” quejarse de una
actitud, que consideran como “naca”, la de la democracia participativa, queda
claro que no solamente odian el “riesgo” para sus inversiones sino que no
quieren escuchar que hay nuevas soluciones para una justa distribución de la
riqueza. Para ellos la imaginación sirve para crear “escenarios” de negocio
donde la masa poblacional es útil si es “consumidora” y los recursos naturales
valen la pena si se adaptan a sus costos preconcebidos.
El “Apartheid” no murió con la democratizción de
Sudáfrica. La vivimos todos los días del año.

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