22 octubre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

La corrupción en Brasil, naturalizada y desenmascarada

4 minutos de lectura
Por.

Leonardo Boff

                La
corrupción que estamos constatando en Brasil en estos últimos tiempos,
especialmente la del petróleo, vinculada a una de las mayores petroleras del
mundo, Petrobrás de Brasil, es alarmarte. Los números andan siempre por
millones de dólares, que escandalizan y van más allá de todo buen sentido,
incluso entre ladrones y mafiosos.
                Los
organismos norteamericanos de vigilancia que espiaron a la Presidenta Dilma,
espiaron también a Petrobrás, debido al hecho de tener uno de los mayores
yacimientos de gas y petróleo del mundo, que se encuentra en el Pré-Sal. Las
autoridades policiales brasileras que empezaron a investigar encontraron una
red inmensa de corruptores y corruptos, que implicaban a grandes empresas,
altos funcionarios de Petrobrás, gente del propio gobierno, agentes de cambio,
sin que faltaran sectores del judicial. Los beneficiarios eran especialmente
políticos de casi todos los partidos (con excepciones loables) que financiaban
sus costosas campañas electorales con ese dinero de la corrupción, en forma de
propinas millonarias.
                Desde
el principio, las investigaciones que implicaron a los principales órganos de
la justicia y de la policía estuvieron viciadas por un componente político. Se
enfocó particularmente a un partido, el PT, que estaba en el poder y al que sus
opositores querían, ya fuera por la vía legal de la elección o por cualquier
otro procedimiento en desafío a la normalidad democrática, sacarlo del poder.
Las fugas, problemáticas en términos legales, prácticamente se concentraron en
el PT, relevando y hasta ocultando la participación de otros partidos, máxime
los de la oposición. A partir de ahí se creó prácticamente una generalización
(de por sí injusta, porque alcanza a miembros correctos, diría que en su gran
mayoría en las bases municipales del partido) de que la corrupción era cosa del
PT. Hay que reconocer que el partido se benefició de los esquemas de corrupción
y que incluso fue uno de los principales articuladores, pero sería injusto
considerar que tenía el monopolio de la corrupción. Esta es endémica en la vida
política y social del país, atraviesa partidos y empresas e incluye a
muchísimos ciudadanos ricos, sea eludiendo altas sumas de impuestos, sea
escondiendo gran parte de sus fortunas en bancos extranjeros o en paraísos
fiscales.
                Raramente
en nuestra historia reciente hemos visto a grandes empresarios detenidos,
interrogados, condenados y encarcelados. La corrupción que se había
naturalizado en los más altos estratos de los negocios y en la política empezó
a ser desenmascarada y puesta bajo los rigores de la ley. Tal hecho constituye
un dato de altísima relevancia y un avance en el sentido de la moralidad
pública.
                Pero
siendo realistas y no moralistas, no podemos reducir la corrupción a este
evento nefasto del petróleo. No se puede ocultar el hecho de que el sistema del
capital con su cultura es en su lógica también corrupto, aunque esté
socialmente aceptado. Él simplemente impone la dominación del capital sobre el
trabajo, generando riqueza mediante la explotación del trabajador y la
devastación de los escasos bienes y servicios de la naturaleza. Produce una
injusticia doble, social y ecológica, esta última actualmente amenazadora del
equilibrio del sistema-Tierra y del sistema-vida. Thomas Piketty en su libro El
capitalismo del siglo XX dejó claro que allí donde se establecen relaciones
capitalistas surgen pronto desigualdades que tensionan la sociedad y fragilizan
la democracia, que supone una igualdad básica de todos ante la ley y garantiza
los derechos con inclusión social.
                Nuestras
formas de corrupción tienen raíces históricas en el colonialismo y en la
esclavitud, violentos en sí mismos, que llevaban a las personas a corromperse y
a corromper para mantener un mínimo de libertad. Se inventó el famoso jeitinho.
Hay también una base política en el arraigado patrimonialismo que no distingue
lo público de lo privado y lleva a las élites a tratar la cosa pública como si
fuese suya y a montar un tipo de estado que les garantice privilegios. Todo
esto generó una cultura de la corrupción, como algo natural e intrínseco a la
vida social y política. Los corruptos son considerados gente hábil y no los
delincuentes que en realidad son.
                Filosóficamente
hablando, ¿cuál es la raíz última de la corrupción? Tal vez el católico Lord
Acton (1843-1902) que era historiador y pensador nos ayude. Decía él: la
corrupción reside fundamentalmente en el poder. Siempre se cita su frase: «el
poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Y añadía:
«mi dogma es la general maldad de los hombres portadores de autoridad; son los
que más se corrompen». La tradición filosófica y psicoanalítica nos ha
persuadido de que en todos los seres humanos hay sed de poder y que el poder
sólo se garantiza buscando siempre más poder. Y el poder se materializa en el
dinero. Cuanto más dinero, más poder.
                Para
conseguirlo no vale sólo el trabajo honesto, sino, perversamente, todas las
formas que permiten multiplicar el dinero, es decir: asegurar más y más poder.
La historia muestra la ilusión de esta pretensión. De repente se puede perder
todo y quedar en la miseria. Si no hemos controlado nuestra sed de poder y de
acumulación, nos sentimos perdidos. El antídoto para esa sed de poder y de
dinero es la honestidad, la transparencia y la salvaguarda del valor sagrado de
la propia dignidad. Por no hacer esto, los corruptos se revelan despreciables e
infelices.

                ¿Sabremos
sacar estas lecciones de la corrupción, naturalizada en Brasil, que, por fin,
ha sido desenmascarada?          

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