16 mayo, 2021

La innovación: ¿Varita “mágica”?

G. Saúl García Cornejo.

La innovación y sus varios sinónimos, son hoy conceptos que no sólo se usan en la tecnología, sino casi

en toda actividad humana, y por supuesto en la Política. Así, ya saben: La 4T, que no ha sentado sus reales en el imaginario social, ni menos en los hechos reales y cotidianos. 

Y es que incluso hay sentencias que lo dictan: “El que no se adapta, perece”, como una variante de la innovación y que es una regla casi infalible para la misma supervivencia. Cada cierto tiempo y más en épocas de campañas políticas, hemos de escuchar pregonar alguna innovación que supone ser un bálsamo para las heridas y flagelos sociales. Prometen pues, transformaciones que conllevan necesariamente alguna invención o fórmula de ejercicio político, como bien son las llamadas políticas públicas, que son de cuño más o menos reciente en el ámbito de la Administración Pública. Un claro ejemplo de ésa intencionalidad y que marca el talante de AMLO, es una visión ética del quehacer en las políticas públicas: “Primero los Pobres” –justo decir, es que no es una postura nueva, pero sí su adaptación al rubro de las políticas públicas que han estado dirigidas al llamado “bienestar social”, con más énfasis desde mediados del Siglo pasado-.

Y como es usual, quien esto redacta, debo insistir en que en todo plan o rograma, se tienen al menos que considerar variables, que como dicen en mi rancho, “se puedan atravesar en el camino”; ya no digamos las que son aleatorias como la mentada Pandemia del Covid-19.

Claro que las ocurrencias pueden a veces considerarse como novedad, pero su requisito debe ser que sean racionales, inteligentes y útiles, como mínimo. Lo que trae a colación el tema de las políticas en cuanto al evento sanitario y a quien o quienes tocó y sigue, hacer uso de ésa inteligencia innovadora que parece estar en extinción en el ámbito de la política actual. ¿Qué perfil ha demostrado cotidianamente el señor López Gatell? Más allá de simple merolico no pasa y vaya que se trata de un asunto de alto grado de repercusión en la salud pública y qué decir del desplante del “Tlatoani” que a la vista no toma medidas, ni protocolos ad hoc y por el contrario lanza alguna crítica mordaz al uso, por ejemplo, del “cubre-bocas”. Olvidando que es “modelo” de algunos mexicanos (¿Millones?). Sin soslayar que aun con todo y prevenciones, puede pegar el virus. En fin. 

En México, las políticas públicas en su mayoría provienen desde el gobierno en turno, en aparente respuesta a determinados problemas sociales, sin embargo, hay una técnica y un procedimiento para su implementación y que en nuestro medio es raro que den intervención directa a los ciudadanos y más a los que requieren atención para allegarse por fin, a la proximidad de los servicios públicos. Tampoco existe por la parte ciudadana, ninguna vigilancia o contraloría social que intervenga en todas las etapas del proceso.

No hay que olvidar que la innovación ha sido una concepción originaria de la ciencia y la tecnología y que su traslape a la política viva, ha sido más dentro del Capitalismo, por lo que más aún en el Neoliberalismo, ha sido de plano escasa en lo que se refiere a políticas sociales. Las nuevas fórmulas, por ejemplo, se han dado hacia la Administración Pública con el enfoque privado, en aras de “mejoras” como la desregulación, la desaparición sistemática de las empresas paraestatales –sin perjuicio de su mala administración, que no es lo mismo que su utilidad-, las políticas fiscales en favor del capital, el monetarismo y un largo etcétera. 

Entonces cabe la pregunta: ¿Desde el capitalismo no tiene sentido hablar de políticas públicas de enfoque social? No, el entorno social obliga a innovar en particular porque la sociedad está en movimiento y la pobreza además de letal, puede resultar un problema mayor. El vínculo entre sociedad y economía es innegable y se va empujando hacia una transición que debe considerar el bienestar social, no sólo el de las fuerzas capitalistas. Algunos teóricos lo llaman la “realidad emergente”, una fuerza como el agua, que busca su cauce. Mientras para algunos –unos cuantos conservadores y exaltadores de Max Weber que suponen la administración como una mole burocrática que se sostiene por cuatro elementos: la seguridad, la continuidad, la uniformidad y certidumbre tecnocrática- (1) que pretender sea inamovible en oposición a la innovación.  

Por lo que ante tal arcaísmo hoy existen fuertes tendencias hacia una gestión con mejora continua, rendición de cuentas, supervisión, participación ciudadana, gobierno abierto, mejor administración de los recursos (Entre lo que tenemos la famosa austeridad republicana, aunque la falte racionalidad en algunos casos) etc., por supuesto, se trata de innovación.  

Mientras que la innovación instrumental se asimila a conceptos de gestión como la mejora continuada, la innovación sustantiva nos remite a saltos cognitivos que afectan a la propia naturaleza de las políticas públicas. 

En este punto se bifurca la visión y el objetivo, las metas, la misión: Por un lado, están los que prefieren no hacer cambios instrumentales, qué, es decir, modificar cómo se hace y no lo que se hace –en términos amplios- y los que por otra parte quieren replantear o modificar los procesos, modificando incluso la forma de juzgar, de afrontar la problemática a resolver.

¿Cómo ver la Cuarta Transformación entre tales parámetros? ¿Se trata de una innovación sustantiva como la segunda consideración? El problema salta cuando –hay quienes así lo ven- hay una regresión a las viejas prácticas sustentadas precisamente en la visión hoy arcaica de Weber, por aquello de la vuelta al centralismo y a decisiones un tanto verticales en franca contradicción al ideal democrático reciente. En fin. 

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