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Jesús Sosa León

Ahora que tanto se habla en México de Liderazgo y se vive regocijadamente un reencuentro con la popularidad política, triste es observar que en Celaya hemos carecido de esto y desde hace varios trienios no tenemos ni mando, ni autoridad, ni gobierno.

El caso es que esto se ha agravado en los últimos tres años en que Celaya ha tenido, no al peor de sus gobernantes sino al más mediocre.

Don Ramón Lemus Muñoz Ledo no ha sido ni un remedo de líder y más bien apunta a pasar a la historia como un insípido y gris burócrata que le tocó administrar a Celaya. Nunca pudo ponerle sello a su gobierno, sencillamente porque no lo tiene; pero afortunadamente no ha sido siempre así: en nuestra Celaya han habido personajes que han pasado por ese cargo, sabedores que es el más honroso para un ciudadano, y que donde quiera que caminan o acuden no faltan aquellos que los saluden con admiración y cordialidad sin importar sus orígenes políticos. Ahí quedan personalidades como Don Antonio Chaurand, Roberto Suárez Nieto, Mauricio Clark, Salvador Guerra, Carlos Aranda, Pepe Mendoza, Ricardo Suárez Inda, por citar algunos y un caso aparte: Don Javier Mendoza Márquez, caballero en toda la extensión del vocablo.

A don Ramón, seguramente, nadie lo recordará y su descolorida imagen se perderá rápidamente en la memoria de los celayenses, que por más esfuerzos que hagan, no podrán acordarse de alguna acción relevante o ya por lo menos de su estilo de gobernar… y esto, sencillamente, porque don Ramón fue un funcionario de color indefinido, insípido y la única huella que deja a Celaya es lo que el filósofo español Francisco Rubiales calificaba como «la huella miserable de los mediocres..»

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