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Enrique
R. Soriano Valencia
La semana pasada
referí que en la anterior se publicaron tres artículos que abordaron desde
igual número de perspectivas la ortografía. En uno de ellos, se denuncia cómo
la mala ortografía ha llegado a las universidades. La preocupación no es menor
porque se están esparciendo en diversas áreas de la actividad social personas
con deficiencias al escribir. Ello sin tomar en cuenta que también serán padres
de familia que no sabrán orientar con la debida precisión a sus hijos.
Uno de los problemas
por los que los universitarios escriben mal es porque sus profesores también lo
hacen. En este sentido hay dos tipos de enseñantes: los que reconocen la mala  ortografía de sus alumnos y los que,
definitivamente, son incapaces de hacerlo.
En el primer caso
tenemos tres posturas, a su vez: los que reconocen la mala ortografía de sus
alumnos y la corrigen a pesar de protestas; los que la reconocen, pero pasan
por alto porque no es su responsabilidad; los que, a pesar de reconocerla, no
soportan ser reclamados que no se trata de su materia. Desafortunadamente, los
del primer subgrupo son los menos. Los directivos de estos profesores, incluso,
no son capaces de identificar que personal así es sumamente valioso pues elevan
la calidad académica de sus instituciones. Pero a pesar de ello, si llegan a saber
de ellos –suele ser por quejas de los propios alumnos–, en vez de alentar una
actitud tan loable, procuran atender la solicitud del alumnado (se juegan la
carrera de ascenso administrativo en el sector público o no están dispuesto a
perder una colegiatura en el privado).
Al segundo y tercer
subgrupo de este de este primer caso donde el profesor sí es capaz de reconocer
las faltas ortográficas de sus alumnos, deberían tomar consciencia que están
dejando en la sociedad personas con deficiencias de desarrollo profesional. La
comunicación, querámoslo o no, es imprescindible para cualquier profesionista.
Debe hacerlo de forma eficiente en los equipos que comanda o que, al menos, con
los que se vincula. Consideremos, simplemente, un reporte (industrial,
comercial, de ventas, etc.). Si no expresa con corrección lo que pretende
decir, el reporte es inútil. Es como si no lo hubiere escrito. ¿De qué sirve un
reporte que no comunica con eficiencia su contenido? (ya no hablemos de que se
lea con deleite o sin trabas). Entonces es una acción que ha costado (tiempo,
salario y recursos) sin el más mínimo aporte a la operación de la empresa u
organismo, del tipo que sea.
Considérese, en este
sentido, los millones de pesos que se tiraron cuando se descubrió que los
libros de texto gratuito tenían cuando menos tres centenares de errores
ortográficos. Ese dinero fue a dar al bote de basura. Y es natural, nadie puede
detectar lo que no está preparado para identificar. Los profesionistas
responsables de la producción de esos materiales, no estaban preparados
adecuadamente para esa tarea (quizá sí en el contenido, pero en la ortografía,
no).
Ahora consideremos el
segundo grupo, los maestros incapaces de reconocer errores ortográficos. La
mayoría de los que están en este caso, lo saben. Sin embargo, no suelen (en su
mayoría) hacer el mínimo esfuerzo por remediar la situación. Se escudan en que
así fueron formados (deficiencias de origen, como creer que las mayúsculas no
se tildan). Aquí lo que queda de manifiesto es que su nivel de superación es
nulo. Lo que interesa es la seguridad de su trabajo porque, en la mayoría de
los casos, tener mala ortografía no es razón suficiente para ser expulsado de
una institución educativa. Lástima. Esa debería ser una variable importante
porque como exprese sobre la pizarra el profesor las palabras, influirá en la
forma de escribir de los alumnos. Decía Mao Tse, líder de la Revolución China,
«Si uno escribe para sí mismo, el problema de la falta de comprensión se limita
a uno… [como cuando nos dejamos recados que después somos capaces de
descifrar]… Pero cuando uno escribe para otro, el problema se duplica; y si son
varios quien lo leerán, el problema se multiplicó». 
Rescatemos a las
universidades, cuando menos. Cero tolerancias.

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