Sáb. Sep 19th, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

La Patria

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Los países son
expresiones geográficas y los estados son formas de equilibrio político. Una
patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritu y de corazones, temple
uniforme para el esfuerzo y homogénea disposición para el sacrificio,
simultaneidad en la aspiración de la grandeza, en el pudor de la humillación y
en el deseo de la gloria. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay
patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar  juntos grandes cosas y sentirse decididos a
realizarlas, con la seguridad de que el marchar todos en pos de un ideal,
ninguno se quedara en mitad del camino contando sus talegas. La patria está
implícita en la solidaridad sentimental de una raza y no en la confabulación de
los politiquistas que medran a su sombra.
No basta
acumular riquezas para crear una patria: Cartago no lo fue. Era una empresa.
Las áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de
cualquier país un rico emporio: se necesitan ideales de cultura para que en el
haya una patria. Se rebaja el valor de este concepto cuando se lo aplica a
países que carecen de unidad moral, más parecidos a factorías de logreros
autóctonos o exóticos que a legiones de soñadores cuyo ideal parezca un arco
tendido hacia un objetivo de dignificación común.
La patria tiene
intermitencias: su unidad moral desaparece en ciertas épocas de rebajamiento,
cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorea viles apetitos de mando y
de enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de chatura no está en el
fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir concurriendo a crear un
nuevo ambiente moral propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y
del carácter.
Cuando no hay
patria no puede haber sentimiento colectivo de la nacionalidad –inconfundible
con la mentira patriótica explotada en todos los países por los mercaderes y
los militaristas –. Solo es posible en la medida que marca el ritmo unísono de
los corazones para un noble perfeccionamiento y nunca para una innoble
agresividad que hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades.
No hay manera
más baja de amar a la patria que odiando a las patrias de otros hombres,  como si todas no fuesen igualmente dignas de
engendrar en sus hijos iguales sentimientos. El patriotismo debe ser emulación
colectiva para que la propia nación ascienda a las virtudes de que dan ejemplo
otras mejores; nunca debe ser envidia colectiva que haga sufrir de la ajena
superioridad y mueva a desear el alejamiento de los otros  hasta el propio nivel. Cada patria es un
elemento de la humanidad; el anhelo de la dignificación nacional debe ser un
aspecto de nuestra fe en la dignificación


                                                                                                                                                                                              

humana. Asciende
cada raza a su más alto nivel, como patria, y por el esfuerzo de todos
remontará el nivel de la especie como humanidad.

Mientras un país
no es patria sus habitantes no constituyen una nación. El celo de la
nacionalidad solo existe en los que se sienten acomunados para perseguir el
mismo ideal por eso es más hondo y pujante en las mentes conspicuas; las
naciones más homogéneas son las que cuentan con hombres capaces de sentirlo y
servirlo. La exigua capacidad de ideales impide a los espíritus bastos ver en
el patriotismo un alto ideal; los tránsfugas de la moral, ajenos a la sociedad
en que viven no pueden concebirlo; los esclavos y los ciervos tienen, apenas,
un país natal. Solo el hombre digno y libre puede tener una patria puede
tenerla; no la tiene siempre, pues tiempos hay en que solo existe en la
imaginación de pocos: uno, diez, acaso un centenar de elegidos. Ella está
entonces en ese punto ideal donde converge la aspiración de los mejores de
cuantos la sienten sin medrar de oficio a horcajadas de la política. En esos
pocos está la nacionalidad y vibra en ellos; mantéense ajenos a su afán los
millones de habitantes que comen y lucran en el país.
El sentimiento
enaltecedor nace en muchos soñadores jóvenes pero permanece rudimentario o se
distrae en la apetencia común; en pocos elegidos llega a ser dominante
anteponiéndose a pequeñas tentaciones de piara o de cofradía. Cuando los
intereses venales se sobreponen al ideal de los espíritus cultos, que
constituyen el alma de una nación, el sentimiento nacional degenera y se corrompe:
la patria es explotada como una industria cuando se vive hartando groseros
apetitos y nadie piensa que en el canto de un poeta o la reflexión de un
filósofo puede estar  un partícula de
gloria común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven  a la condición de habitantes. La patria a la
de país.
Eso ocurre
periódicamente como si la nación necesitara parpadear en su mirada hacia el
porvenir. Todo se tuerce y a baja, desapareciendo la molicie individual en la
común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma la responsabilidad de cada
uno. Cuando en conjunto se dobla como en el barquinazo de un buque, parece, por
la relatividad que ninguna cosa se doblará. Solo el que se levanta y mira desde
otro plano a los que navegan advierte su descenso como si frente a ellos fuese
un punto inmóvil: un faro en la costa.

Cuando las miserias morales asolan a un país
culpa es de todos los que por falta de cultura e ideal no han sabido amarlo
como patria de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella.

Fragmentos de mural, Museo del Bicentenario de Dolores Hidalgo Gto.  Autor: José Luis Soto G.
Texto del libro: El Hombre Mediocre  Autor: José Ingenieros.

Fotografía: Martín Rodríguez.

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