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Por. L. Antonio Lavín Maldonado

Al medio día partimos a cierto desierto en San Luis. Viaje
largo, poco más seis horas en automóvil. Una vez hemos llegado, toca el turno
de preparar el equipaje, dejar el coche en el poblado más cercano y emprender
el camino a pie, abrigados para soportar la caminata durante la noche. El frío era
preferible, al sol de mediodía. Caminar es parte de la experiencia, nos
recuerda que la meta no siempre es el objetivo, disfrutar el trayecto hace la
diferencia. Conforme avanzábamos, el ruido de la ciudad se alejó, hasta
convertirse   en silencio, un silencio
capaz de hacer que los oídos se destapen, que descansen. Paso a paso la noche
se tornaba más oscura, la luna, escondida entre nubes, alumbraba
ocasionalmente.

En medio del silencio oímos gritos, nuestros tímpanos citadinos
los confundieron con voces de niños riendo, pero al dejar de oír para empezar a
escuchar, nos dimos cuenta de que eran coyotes. El guía dijo que era común
escucharlos aullar y pelear, viven ahí cerca.

Las yucas parecen cobrar vida cuando las perdemos de vista,
se mueven, quizá algunas ni siquiera sean yucas reales, sus caprichosas formas
las delatan. Estrechamos la mano de la gobernadora del desierto, una noble
planta que domina el paisaje, carece de espinas, pero le sobran propiedades
medicinales, desde favorecer a la fertilidad, hasta la desinfección de heridas,
pasando por los beneficios renales. Ante nosotros se extienden opciones de
rutas diversas, el guía nos indica cuales tomar, recordándonos que ningún
camino lleva a ninguna parte realmente, pero buscamos uno con corazón, con el
corazón de la tierra a ras del suelo. Las espinas de la naturaleza dificultan
andar, pero las espinas del hombre dividen, ensucian   y arrastran. Finalmente llegamos, más de
cinco horas de caminata dieron frutos al descubrir el claro donde acamparíamos,
el lugar había sido preparado por otros excursionistas que estuvieron
antes,  han dejado regalos a manera de
ofrenda al desierto y solidaridad con los que vienen después. Agradecemos su
iniciativa, prendemos fuego con la leña que dejaron. Instalamos el campamento,
para merendar cactus del desierto. La madrugada pasa rápido, el cansancio con
la experiencia hacen del sueño una sucesión de visiones que confunden las horas
haciéndonos preguntar, ¿qué de cierto hay en nuestra percepción del tiempo?

Con ésta interrogante despertamos a un nuevo día, nuestra dieta
de frutas, bayas y semillas brinda un austero pero suficiente desayuno.  Luego de agradecer la carne que el desierto
ofrece, comenzamos a viajar por el interior de las palabras y los pensamientos.
¿Qué de cierto hay en la realidad que percibimos?, ¿qué de cierto hay en los
dogmas que creemos?, ¿qué de cierto hay en el conocimiento, al que nos
aferramos para sentirnos seguros? El desierto nos enseña a observar más allá de
lo que estamos acostumbrados, nos da humildad ante la azarosa naturaleza del
mundo, reflexionamos sobre el camino andado y el que falta. Descubrimos que
pasado presente y futuro convergen aquí y ahora. Dejamos ofrenda al desierto y
regalos para los que vendrán. Regresamos con algunas respuestas, pero con más
preguntas. ¿Qué de cierto hay en cada uno de nosotros?, ¿qué desierto yace
dentro, desesperando por ser descubierto? Eso cada quien lo sabe, ¿o lo sabrá?
Hasta pronto, desierto.

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