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Andrés Galindo

Jeremías Ramírez

Una de las características más interesante de las mejores minificciones son sus giros sorpresivos, sus soluciones imaginativas y una alta dosis de ironía y buen humor.

En las minificciones de Los libros y la noche el humor es el factor común que hermana las 42 minificciones que integran su corpus; humor que, además, tiene una buena dosis de ironía mordaz e inteligente y, a veces, escabrosa.

Desde el inicio, sin round de estudio, le lanza al lector un derechazo en la “Advertencia 1” que va dirigida a un coleccionista (como hay muchos) que va a las presentaciones a conseguir libros autografiados sin importarle el contenido. A este personaje, luego que ha descrito de manera irónica los lugares comunes de cualquier presentación, lo toma de las solapas y lo sacude: “Ahora sí, desocupado lector, piense una, dos y hasta tres veces antes de abrir su cartera. ¿Ya está seguro, completamente seguro?”.

            En la Advertencia 2 se dirige a un “estimado ladrón de libros”, a quien primero alaba: “…robar un libro, eso es sí es digno de elogio: ¿quién mierdas roba un libro, y de minificciones? ¡Carajo!”, pero antes de cerrar la advertencia, le lanza dos uppercut y un gancho al hígado: “Si su presunto robo se reduce al despreciable lavado de palabras… No intente… regalar el libro” ni dejarlo en una banca y “Mucho menos trate de revender esta colección de palabras muertas en el mercado negro, porque ahí estaré yo, preparado para meterle dos tiros por su mal gusto”.

            Las ráfagas de buen humor van apareciendo a cada vuelta de página y para ello el autor utiliza diversos recursos. Por ejemplo, parodia dichos populares:

Fe de erratas

No hay mal libro que por bien no venga.

O tomando en consideración las circunstancias adversas que acosan diariamente a los mexicanos:

Cita a ciegas

Son tiempos violentos para la minificción; sí, también para la minificción. Anda tanto minificcionista suelto (en internet, en los fanzines, en las imprentas, en este libro) que tengo tanto miedo de que alguien venga a recogerme o a pegarme un tiro a la cabeza y reclame este libro como propio, estaría en su derecho… y yo también.

Y de pronto, este el humor juguetón da paso al horror salpicado de cierto bizarrismo:

El anticristo

“No, no me estoy acostando con otras mujeres”, le dije a mi esposa, pero cuando la cabra parió se dio cuenta del engaño.

O bien, convierte a las minificciones en lugares de reunión de obras y autores con tal liberalidad que el lector debe tener esos referentes en mente para disfrutar ese divertimento:

El congreso

Vine a Comala porque me dijeron que aquí había un congreso de cronopios sobre un ciego argentino que soñaba con molinos de viento.

Y a medida que avanzamos en la lectura encontramos una y otra vez este buen humor que de pronto se trastoca en humor negro:  

Justo por pecador

¡No dejes que me muera, papá, no dejes que me muera”, me gritaba mi hijo, apretando mi mano son sus deditos; a mí, que había dado muerte a tantos.

            Y es que, tal vez, algo nos ronda sin saber si un moscardón o un molesto tinitus que afecta a más de un anciano lector con un pasado estridente:

Algo por ahí

No dejaba de zumbarle los oídos, por eso se rascó con un dedo, un cotonete, un alfiler, un cuchillo, un revolver.

O juguetea parodiando el famoso Dinosaurio de Augusto Monterroso:

Inception i.4

Cuando despertó, todavía era la bella durmiente.

Este  humor antisolemne también lo utiliza para sacudir al lector y empujarlo a un tobogán enloquecido y esquizofrénico.

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Mariana

Fue Mariana; Mariana mató a mi hijo. Yo la vi salir del cuarto con las manos manchadas de sangre. Luego, nadie me creyó. Me encerraron aquí. Me dijeron que Mariana había muerto tres años atrás. Yo no lo sé, pero todavía la llego a encontrar a través de los espejos.

Los libros y la noche se lee literalmente en una sentada, pero déjeme advertirle y que si lo hace en un lugar público, como en una cafetería o un restaurante, se corre el riesgo de hacer el ridículo, porque de una página podemos soltar una carcajada.

Instrucciones

Si llegaste a esta parte del libro ya puedes sentirte satisfecho. En lo que sigue, con gusto y toda confianza, puedes ir al baño. Una vez hecho lo propio, puedes limpirarte el trasero… ¡Espera! ¿Qué haces? ¿Quién te dijo que te limpiaras con la página tres! Usa el papel higiénico y sigue leyendo; sólo es un libro de minificciones, seguro lo lees de una sentada. Al terminar, no olvides darle un like y Compartir… ¡Al libro, al libro! A nadie le gusta usar papel higiénico usado, lo sé por experiencia.

Ahora bien, si usted llegó a esta altura de esta apretada reseña tan vez se pregunte (y me pregunte) por qué tiene un título demasiado serio; las palabras “libros” y “noche” sugieren aspectos serios de la vida. 

Bueno, en primer lugar, porque hay un cuento en este libro con ese título en el que el protagonista es nada menos que don Quijote de la Mancha, de quien dice que: “…del mucho leer fue perdiendo la vista, de manera que vino a confundir molinos con gigantes, bacías con yelmos, amores con fantasmas”. Sin embargo: “…podía carecer de buena vista pero no de buen oído”, de modo que “…escuchaba las palabras de los hombres necios y, en mientes, se decía: ‘Prefiero vivir de los libros y perder la vista a seguir mirando los ruidos ensordecedores de eso que otros llaman realidad’”.

Pero hay más, el título como tal es una frase que aparece en el Poema de los Dones, de Jorge Luis Borges, en el que con un finísimo humor escribe:  “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”.

En este poema pareciera que no hay humor sino, en todo caso, un reclamo a Dios (aunque nos advierte que nadie se atreva a juzgar los designios divinos) por la cruel ironía de haberle otorgado a este amoroso de los libros trabajar en el paraíso de los lectores: una biblioteca, pero al mismo tiempo que cayera sobre él una temprana ceguera que progresivamente fue avanzando dificultándole el disfrute de ese paraíso, hasta dejarlo  definitivamente ciego a los 55 años.

Pero en una de las conferencia que dictó en 1977 advertimos ese humor, que de alguna manera está en el poema, cuando afirmó que su ceguera era “modesta” (¿hay cegueras modestas?): “…en primer término, —subrayó— porque es ceguera total de un ojo, parcial del otro. Todavía puedo descifrar algunos colores, todavía puedo descifrar el verde y el azul. Hay un color que no me ha sido infiel, el color amarillo”[1].

Como vemos, Borges no tomaba esta situación en un sentido trágico. Así este libro, que puede abordar temas escabrosos con un saludable sentido del humor:

Fue una noche de invierno cuando vi despertar a Adelaida; caminaba con otros muertos. Entre llantos, tuve que descargar el hacha sobre su cabeza.

AVISO:

Si usted quisiera comprar este libro, lo puede hacer en las mejores librerías de la Ciudad de México o solicitarlo a la página de la editorial La tinta del silencio:


[1] https://arteysociedad.com.ar/jorge-luis-borges-y-su-ceguera/

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