30 octubre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Miguel de Cervantes en el cuarto centenario de su muerte

10 minutos de lectura
Por.-Eugenio
Mancera Rodrìguez
1.     
La
historia cultural
El
23 de septiembre de 1616, en su casa de la calle del León, en el centro de
Madrid, moría Miguel de Cervantes. Al día siguiente era enterrado en el cercano
convento de las Trinitarias Descalzas. Había concluido para él una vida de
sinsabores y desdichas, pero había logrado que surgiera un nuevo género, el de
la novela en su acepción moderna.  Reinaba en España el rey

Felipe III, quién,
debido a diversas causas – devaluaciones monetarias, sequías, pestes, excesivos
gastos militares por las sublevaciones en los países bajos y las campañas
contra los turcos, emigración rural, factores religiosos – como la promoción
del Concilio de Trento que obligó a la obediencia estricta de los reglamentos a
las comunidades religiosas, además de la persecución de la herejía- ,
enfrentaba una severa decadencia. El gran imperio que había sido España en los
tiempos de Carlos I, V de Alemania, había iniciado su desintegración, pese a
los recursos extraídos, y gastados de inmediato, de las colonias americanas y
pese al Tratado de Tordesillas de 1495 que otorgaba a España, por decreto
papal, plena libertad sobre los territorios conquistados. No obstante, la
relación estrecha que había mantenido España con los territorios  italianos y los Países Bajos, le habían
otorgado una universalidad  y una
apertura ideológica, además de una gran influencia artística, que no se
volverían a manifestar en ninguna época posterior.  Cervantes es producto de esa universalidad,
pues reúne en su obra la vasta producción intelectual de la Europa
renacentista, empeñada en una nueva era de cientificidad y racionalismo y de un
arte en el que se expone una concepción más materialista, sensible y emocional
del mundo; una Europa alejada del medievalismo supersticioso y moralista que
había impuesto restricciones a la creatividad. En todo caso, Cervantes recupera
del medievalismo, el humanismo cristiano (aquél que portaban y defendían los
personajes protagonistas de los libros de caballería): la ayuda, protección y
defensa de los necesitados de justicia y protección.

2.     
El
Siglo de Oro
     
Es una paradoja que el llamado Siglo
de Oro –no precisamente se refiere al oro de América- corresponda al periodo de
la decadencia y que en sus dos periodos, Renacimiento y Barroco, comprenda lo
más significativo de la literatura y del arte pictórico de la España de todos
los tiempos: Miguel de Cervantes, San Juan de la Cruz, Luis de Góngora,
Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca; la pintura del Greco,
de José de Ribera, Murillo, Diego Velázquez, son algunos de los artistas  que definen la naturaleza del Siglo de Oro. El
Renacimiento español contiene la universalidad del arte europeo que recupera el
espíritu antiguo de la cultura grecolatina; su sentido pagano y universal; su
idea de la armonía y la perfección. El Barroco, por su parte, ofrece una nueva
concepción del arte donde la vida y la muerte se funden en una dinámica
inventiva y oscilante; es la fusión de los conceptos opuestos y, en cierta
forma, un retorno a la filosofía del cristianismo. La novela del Quijote, en su defensa de los más puros
ideales cristianos y en su estructura multidimensional; en su dualismo que
parte de la idealidad más pura y de la realidad más descarnada, es la expresión
de un género nuevo, el de la novela moderna que, a partir de un lenguaje
heterogéneo, expresa una concepción barroca del mundo, del arte y de la novela
donde el ingenio se impone a la objetividad y la invención al de la
racionalidad. La novela moderna, en ese sentido, funde la belleza del mundo con
la espiritualidad y es, a la vez, un ritual en movimiento que sigue el curso
natural de la existencia, el del paso de la vida a la muerte. El Barroco
español asocia, por tanto, el espíritu humano y la materia que lo contiene, el
cuerpo, para mostrar la caducidad de éste y la permanencia o trascendencia del
espíritu. Estas expresiones encontrarán en el mundo virreinal campo fértil para
su desarrollo. 
3.     
La
modernidad de la novela en Cervantes
A lo largo del siglo XVI las formas
narrativas –no precisamente formas de la novela- habían mantenido sus
característicos rasgos medievales: propósitos didácticos y ejemplarizantes, la
sujeción a una moral social; la preservación de los valores de la nobleza, la
idealización de la realidad –la figura del caballero cristiano en los libros de
caballería; la figura del pastor enamorado en las novelas pastoriles; cierta
tendencia a mostrar las condiciones de vida de las clases pobres por medio de
la literatura picaresca; la crítica de los vicios y errores humanos-.  En el prólogo a las Novelas ejemplares, publicadas en 1613, dos años antes de la
segunda parte del Quijote, Cervantes
reconoce el carácter didáctico de la novela al afirmar  “Heles dado el nombre de ejemplares, y si
bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo
provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el
honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por
sí […] “. Reconoce el autor el carácter tradicional y ejemplar de sus novelas y
expresa su intención de mostrarle al lector, se tuviera tiempo, las enseñanzas
que se podría obtener de ellas.
      
En la frase siguiente, muestra un nuevo rasgo que él mismo otorga a la
novela: “Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de
trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras: digo sin
daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes
aprovechan que dañan “.  El autor
convierte, de esa forma, un género dispuesto para la enseñanza, en un juego, en
una mesa de trucos. En las frases subsiguientes confirma su idea de la novela
como un acto de diversión y pasatiempo: 
“Sí, que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los
oratorios, no siempre se asiste a los negocios […] horas hay de recreación
donde el afligido espíritu descanse […] A esto se aplicó mi ingenio, por aquí
me lleva mi inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy el
primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en
ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son
mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi
pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa”. Afirma el autor que aplicó
su ingenio a crear una escritura para la recreación donde descanse el espíritu
afligido. Reconoce la presencia de muchas obras 
extranjeras, la mayoría provenientes de Italia, pero también reconoce su
labor de escritor en la hispanización de la novela al afirmar que él es el
primero que ha novelado en lengua castellana.
    
Si la novela en el pasado había servido a fines formativos, en el
presente, en el presente de Cervantes, a principios del siglo XVII, la novela
sirve, además, a propósitos lúdicos, pues sirve ahora para la diversión y  entretenimiento.
    
Un nuevo factor se agrega al de la novela como  pasatiempo y descanso del espíritu: el
ingenio asociado a la invención. En la literatura barroca, las imitaciones o
influencias ceden su lugar a la capacidad ingeniosa e inventiva del autor. Éste
crea las historias de las novelas; no se basa en crónicas, en historias
literarias o en leyendas para crearlas. Ciertamente, el Quijote  se construye, en la
composición y en la escritura, sobre la base argumental de los libros de
caballería, como el Amadís de Gaula, pero
su itinerario es diferente: el héroe no sale al mundo a liberar a su enamorada
cautiva, sino a liberar al hombre, cualquier hombre, de la injusticia.
4.      La novela moderna. Imaginación
y racionalidad
La modernidad inicia con la razón
como principio de todo fenómeno  y
actividad del hombre. Los fenómenos naturales y los hechos humanos son
sometidos  al análisis riguroso de la explicitación
y fundamentación científicas. Como consecuencia, hay una  mayor atención de la naturaleza y sus
circunstancias, así como de la dimensión corporal de lo humano. La visión
teológica del mundo que había persistido hasta entonces se debilita y el
conocimiento se transforma en tecnología marina –la brújula y el astrolabio que
permitirán la realización de los viajes y conquistas de ultramar- y en
inventos, como el de la imprenta, que propiciarán un mayor desarrollo
intelectual y una mayor difusión del 
conocimiento. Al desarrollo del conocimiento racional hay que agregar la
concepción de un mundo basado en la acumulación del capital que traerá como
consecuencia el abandono de los  viejos
ideales caballerescos y la lucha por la materia prima, la generación de
productos  de compra-venta y su
comercialización.
     
Ante un mundo cada vez más materializado y racionalizado, la
imaginación, la fantasía y el ingenio, contrarios  al rigor de la razón, se imponen en el dominio
del arte y logran, en su negación del rigor científico, la prevalencia de la
libertad.
    
Mientras que la ciencia se sujeta 
al rigor numérico, a la medida exacta, a la precisión que exigen la
demostración y comprobación, el arte, el arte de la novela particularmente, es
un acto de liberación.
   
Cervantes ha retomado las historias fantásticas de los libros de
caballería para hacer que la imaginación prevalezca sobre la razón en su
personaje Don Quijote.  No niega la
importancia de la razón en la explicación 
de los fenómenos humanos y naturales; evita la muerte de la imaginación
al desbordar los límites de la lógica racional. Prevalece en él el rasgo
barroco de la invención. Cervantes inventa la realidad a partir de la realidad
misma; no la reproduce. Su realidad, donde hay encantadores, molinos de viento
que son gigantes, personajes que transitan de un argumento a otro y personajes
que vuelan por el cielo- el episodio del caballo Clavileño-, es imaginativa y
establece, en la era de la racionalidad, un contrapeso al rigor con que se
empeñaban la ciencia en explicar el mundo.
     
La modernidad de la novela cervantina radica en dos principios novedosos
para su tiempo: 1) la literatura como 
diversión y 2) La literatura que, en su derroche imaginativo,  proporciona al hombre, y al lector, por
tanto, el espacio libre de la imaginación.
   
Una sociedad moderna sin la imaginación, sin la posibilidad de alterar
la lógica espacio-temporal y la lógica misma de los protagonistas y de los
hechos, carecería de libertad y de la posibilidad del sueño y la ilusión.
Ambas, la razón y la imaginación, son necesarias, pero ésta, en su carencia de
limitaciones, le permite a la humanidad 
un pleno ejercicio de la libertad y no puede haber arte, arte de la
novela, sin la capacidad creativa e imaginativa del artista y de su espectador.
    
En la sociedad moderna es fundamental el desarrollo científico y
tecnológico, pero también lo es la capacidad de imaginar y pensar sin los
límites impuestos por la racionalidad. Al contrariar a la razón en la era de la
modernidad, el arte, en su carácter fantasioso e ingenioso, ha logrado para el
hombre  un acto de liberación. Sin la
novela como pasatiempo o sin la dimensión imaginaria del artista barroco en
permanente movimiento, la humanidad hubiera sucumbido sin la libertad de la
imaginación.
5.     
 El lenguaje de la novela cervantina
La imaginación, como principio de la
novela moderna, se sustenta en la capacidad expresiva de un nuevo lenguaje. Si
la imaginación transgrede el lenguaje de la racionalidad, el lenguaje popular,
el  de los venteros, criadas, campesinos,
pícaros, transgrede  el lenguaje formal
de la literatura anterior, el lenguaje caballeresco y el pastoril.  Cervantes ha introducido en la novela del Quijote un lenguaje desprovisto de
formalidades y con ello ha convertido el lenguaje popular, el de los campesinos
y aldeanos, ladrones y criados, en componente sustancial de la nueva novela y
con ello ha dignificado el lenguaje de lo cotidiano. No obstante, al utilizar
las expresiones grandilocuentes del lenguaje de los libros de caballería, le ha
conferido a este lenguaje una dimensión más cotidiana.
6.
F
inal
En una era de reformas religiosas, de
cambios en el  orden económico mundial,
del surgimiento del capitalismo, de descubrimientos geográficos y científicos;
de significativos inventos y cambios en la relación del  hombre con el mundo, Cervantes entendió que
la novela no  podía continuar con los
rasgos antiguos de la moral social. Entendió, sobre todo, que el hombre podría
convertir el arte, el lenguaje particular de la novela, en una experiencia de
placer mundano. En la búsqueda de ese placer, la libre imaginación ha sido
fundamental.
   
En la primavera de 1616, después de haber concluido la redacción del Persiles –Los trabajos de Persiles y
Seguismunda
, que él consideraba equivocadamente su  primera 
su mejor obra -Así lo afirma en el prólogo a la segunda parte del
Quijotey de haber renunciado a la
Congregación del Santísimo Sacramento de la que formaba parte y de haberse
afiliado a la Orden Tercera de la que era novicia su mujer, Catalina de Salazar.
  
Escribe en el prólogo al Persiles estas
palabras en su lecho de muerte y con las que termina el prólogo y su vida:
“Tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me
falta y lo que sé convenía. ¡A Dios,
gracias; a Dios donaires; a Dios regocijados amigos; que yo me voy muriendo y
deseando veros presto contentos en la otra vida”:
       

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