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Arturo Miranda Montero

Primero que nada: en nuestra legislación no existe la figura de alcalde, como muy displicentemente le llamamos al presidente municipal. Luego, lo que se postula y elige es un ayuntamiento, el órgano que gobierna al municipio, integrado en planilla por regidores y síndicos y, efectivamente encabezado por el presidente municipal. Esto no es ocio, es la constatación de que todo mundo anda cazando tlacuaches sin conocerlos.

Y como al nopal nomás se le visita cuando tiene tunas, todos a una hacen de la campaña electoral su fiesta; pocos saben varear y pelar tunas, pero muchos se acercan a ver qué les toca. Los equipos de campaña se disfrazan de colores distintivos y con toda clase de objetos festivos para hacer de sus actos eso, precisamente, una fiesta, su fiesta, a la que nosotros somos invitados como mirones, como público, como clientela electoral. Se nos acercan con sus sonrisas y manos extendidas, sus jilgueros trinan sus nombres y virtudes, los retratistas preceden y registran los abrazos y encuentros simpáticos y musicales.

Pero, ¿eso es hacer política? ¿El espectáculo electoral educa ciudadanía? No. Definitivamente su fiesta ajena no puede poner en común las cosas que debieran sernos comunes: seguridad, ingreso, limpieza… Los intereses que mueven a los aspirantes a los cargos ayuntantes no son los mismos de quienes no queremos o no podemos dejar nuestra vida privada por la cosa pública. Y allí radica el drama del desafecto y hasta de la ira contra la política y los políticos.

Los registrados para jugar a las elecciones debieran dejar el espectáculo y atender la grave situación en que nos encontramos, amontonados en los municipios con una convivencia dañándose cada vez más.

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