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Jeremías Ramírez.

Charles Bukoswki decía que «el optimismo es algo nauseabundo»[1]. Nunca había leído una declaración tan tajante y lapidaria como esta. Parece una frase repulsiva y desagradable.

Tal vez nos parece así porque estamos invadidos por la pseudocultura de la superación personal y de cierto misticismo oriental que cándidamente insisten en que para ser feliz y exitoso sólo debemos ver el lado positivo de la vida. Y lo repiten una y otra vez al grado que su optimismo se vuelve tan desagradable, tan indigesto, tan, como decía Bukoswki, nauseabundo, y de pronto nos sentimos como si nos hubiéramos comido un costal de chocolate.

Justamente eso le pasó a Charles Chaplin cuando filmó la escena en la que se come un zapato en la filmación de la película La quimera del oro. El zapato no era de cuero sino de chocolate. Y se filmó la escena muchas veces (como solía trabajar Chaplin) y en cada nueva toma volvía a ingerir más y más chocolate hasta que terminó vomitando.

Eso sucede cuando nos instan a que veamos sólo los logros, lo bueno, lo blanco, lo luminoso de nuestra existencia. Pero hay un problema. Cuando nos negamos a considerar el lado opuesto, es decir, el lado negativo, el lado feo, el lado desagradable, no nos damos cuenta de todo aquello que podríamos corregir, reparar, reconfigurar. Un médico, para curar una enfermedad, tiene que ver sólo lo qué está mal en el cuerpo. Si sólo se enfocará a ver lo que está bien jamás curaría el padecimiento que nos aqueja.

Stalinslaw Lem, en su novela El congreso de futurología nos muestra una sociedad del futuro al que llega Ijon Tichy tras ser colocado en una cápsula criogénica y despierta un siglo después y se encuentra con un mundo maravilloso, lejos del catastrofismo de los futurólogos del siglo XX y de los escritores de ciencia ficción distópicos.

Pero esta visión optimista es breve: gracias un grupo de rebeldes —que nunca faltan, afortunadamente— le revelan que ese mundo maravilloso es en realidad una ilusión creada por el gobierno que lanza de manera continua narcóticos al medio ambiente el cual induce a la gente a vivir bajo la alucinación de un mundo maravilloso. Ijon Tichy no cree que esta es una realidad aparente y acepta que le den el antídoto. Pronto descubre que el mundo es, en efecto, un lugar horroroso y decrépito.

Esta actitud de sólo ver lo positivo en nuestro mundo actual es también una ilusión generada por una droga inoculada por los grupos de poder quienes sueltan al aire un aluvión de dulces mentiras de la autoayuda y las difunden a través de los medios de comunicación por periodistas, músicos, educadores que van adormeciendo nuestro sentido de realidad… Y de esa forma somos manipulados para no ver la decrepitud a nuestro alrededor y sigamos votando por gobiernos saqueadores y comprando sus baratijas.

Afortunadamente, como en la novela de Stalinslaw Lem, existen los rebeldes que tienen el antídoto para que podamos abrir los ojos y darnos cuenta de nuestra realidad.

Uno de ellos es Eduardo Galeano, un escritor uruguayo que murió en el 2015, quien —esto lo descubrí al escuchar la entrevista que Carmen Aristegui le hizo hace algún tiempo en CNN— era un gran pesimista, un especialista minucioso de ese lado horrible de la realidad (sin que esto le cegara la visión de las cosas maravillosas de la cultura en general, de la historia americana —particularmente  latinoamericana— como lo consigna poéticamente en los tres tomos de Memorias del Fuego), y tan explícito que nos permite tomar conciencia de muchas desgracias que pesan sobre los latinoamericanos.

Su obra más contundente al respecto de ese lado negativo es el libro Las venas abiertas de América Latina, una radiografía feroz de esa sangre nativa que se ha derramado durante de siglos de injusticias.

Gracias a esa visión (de él y de otros rebeldes) ha crecido en muchos sectores la conciencia y el enorme deseo por la justicia. Tanto organizaciones sociales como activistas deben en mucho de su vocación de lucha al talante de pensadores como Galeano que no se detuvo a ver únicamente el lado bonito de la vida.

Precisamente, la búsqueda de un mundo mejor surge de ver con profundidad este lado terrible y atroz pues tiene la virtud de despertarnos la sed y el hambre de justicia, como dice el Evangelio.

Aprender a ver ese lado duro, amargo, terrible, nos despierta la conciencia para tener una visión lúcida de las cosas y desde ese fondo oscuro construir un mundo mejor para nosotros y para nuestros descendientes. Sin esa visión es imposible pues al desconocer lo que está mal no podemos corregir nada.

Afortunadamente, hombres como Eduardo Galeano, a pesar de que se ha ido, sus libros siguen siendo luz para muchas generaciones que no se conforman con ver el lado rosita de la vida, y buscan que muchos cambien sus condiciones de miseria, aunque parezca esta lucha una quijotada, es decir, una quimera irrealizable.


[1] 1) Frase citada por Isaac Mendoza Vazquez, en su artículo «Charles Bukowski: sangre sobre el verso», en la revista La Jornada Semanal, No. 252, 10 de abril de 1994, p. 5.

Pero esta visión optimista es breve: gracias un grupo de rebeldes —que nunca faltan, afortunadamente— le revelan que ese mundo maravilloso es en realidad una ilusión creada por el gobierno que lanza de manera continua narcóticos al medio ambiente el cual induce a la gente a vivir bajo la alucinación de un mundo maravilloso. Ijon Tichy no cree que esta es una realidad aparente y acepta que le den el antídoto. Pronto descubre que el mundo es, en efecto, un lugar horroroso y decrépito.

Esta actitud de sólo ver lo positivo en nuestro mundo actual es también una ilusión generada por una droga inoculada por los grupos de poder quienes sueltan al aire un aluvión de dulces mentiras de la autoayuda y las difunden a través de los medios de comunicación por periodistas, músicos, educadores que van adormeciendo nuestro sentido de realidad… Y de esa forma somos manipulados para no ver la decrepitud a nuestro alrededor y sigamos votando por gobiernos saqueadores y comprando sus baratijas.

Afortunadamente, como en la novela de Stalinslaw Lem, existen los rebeldes que tienen el antídoto para que podamos abrir los ojos y darnos cuenta de nuestra realidad.

Uno de ellos es Eduardo Galeano, un escritor uruguayo que murió en el 2015, quien —esto lo descubrí al escuchar la entrevista que Carmen Aristegui le hizo hace algún tiempo en CNN— era un gran pesimista, un especialista minucioso de ese lado horrible de la realidad (sin que esto le cegara la visión de las cosas maravillosas de la cultura en general, de la historia americana —particularmente  latinoamericana— como lo consigna poéticamente en los tres tomos de Memorias del Fuego), y tan explícito que nos permite tomar conciencia de muchas desgracias que pesan sobre los latinoamericanos.

Su obra más contundente al respecto de ese lado negativo es el libro Las venas abiertas de América Latina, una radiografía feroz de esa sangre nativa que se ha derramado durante de siglos de injusticias.

Gracias a esa visión (de él y de otros rebeldes) ha crecido en muchos sectores la conciencia y el enorme deseo por la justicia. Tanto organizaciones sociales como activistas deben en mucho de su vocación de lucha al talante de pensadores como Galeano que no se detuvo a ver únicamente el lado bonito de la vida.

Precisamente, la búsqueda de un mundo mejor surge de ver con profundidad este lado terrible y atroz pues tiene la virtud de despertarnos la sed y el hambre de justicia, como dice el Evangelio.

Aprender a ver ese lado duro, amargo, terrible, nos despierta la conciencia para tener una visión lúcida de las cosas y desde ese fondo oscuro construir un mundo mejor para nosotros y para nuestros descendientes. Sin esa visión es imposible pues al desconocer lo que está mal no podemos corregir nada.

Afortunadamente, hombres como Eduardo Galeano, a pesar de que se ha ido, sus libros siguen siendo luz para muchas generaciones que no se conforman con ver el lado rosita de la vida, y buscan que muchos cambien sus condiciones de miseria, aunque parezca esta lucha una quijotada, es decir, una quimera irrealizable.


[1] 1) Frase citada por Isaac Mendoza Vazquez, en su artículo «Charles Bukowski: sangre sobre el verso», en la revista La Jornada Semanal, No. 252, 10 de abril de 1994, p. 5.

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