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Arturo Miranda Montero

Como todos vemos, los que se meten a la política en busca de los cargos hacen lo indecible para alcanzarlos. Pelean en los partidos políticos, se empujan por las candidaturas, se postulan oficialmente, van del tingo al tango buscando votos y, cuando el mero día de la elección ganan, hacen tremendas fiestonas. Con dinero limpio o sucio…

Ya luego, cuando tienen que jurar cumplir y hacer cumplir las leyes, como que se les nubla y comienza el mareo del ladrillo; piensan que con ellos llegó la mera verdad. Pero… el problema se les viene cuando ven que no hay suficientes dineros, que el personal ya se mueve inercialmente, que las demandas crecieron y que las expectativas que despertaron con sus ofrecimientos no se van a poder cumplir del todo.

Estamos justo en el momento de la disyuntiva, de la elección del camino a seguir: o hacen lo necesario para dotarnos de mínimos cumplidores o de plano se descaran y se dedican a lo suyo, lo que ello sea.

Lo que sí es inadmisible es que nos salgan con que la realidad los rebasó y con que no sabían qué se toparían. Sépase que gobernar no es fácil, que no se vale medio administrar lo que se encontraron en las oficinas y que no pueden escabullirse de las demandas ciudadanas que no admiten más rollos ni fugas.

Si alguna sensibilidad existe en los arribados, ya no digamos una causa o alguna bandera política, esa debe ser para entender lo obvio: estamos en la más violenta circunstancia nacional, mayor ya que la vieja revolución mexicana, cuando éramos menos, muchos menos.

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