Mar. Sep 29th, 2020

Voces Laja Bajío

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Política como cuidado para con el pueblo

4 minutos de lectura
Por.- Boff en Koinonía

Pasaron ya las elecciones municipales
en un contexto político dramático, con un gobierno federal con baja
credibilidad y con legitimidad discutible.
Gran parte de los políticos tienen
como objetivo llegar al poder por intereses y una vez en el poder, promover la
reelección. Muchos de ellos no viven para la política sino de la política. Se
deforma así la naturaleza de la política como búsqueda del bien común. Y lo que
es peor, el político interesado se sitúa por encima del bien y del mal. Sólo
hace el bien cuando es posible y el mal siempre que sea necesario.
Pero es importante denunciar que se
trata del ejercicio perverso del poder político. Max Weber en su famoso texto
de 1919 a los estudiantes de la Universidad de Munich, desanimados por las
condiciones humillantes impuestas por las potencias que vencieron a Alemania en
la primera guerra mundial, La política como vocación, ya había advertido: «Quien
hace política busca el poder. Poder como medio al servicio de otros fines o el
poder por sí mismo, para disfrutar del prestigio que el poder confiere». Este
último modo de poder político ha sido ejercido históricamente por gran parte de
nuestras élites a fin de beneficiarse de él, olvidando al sujeto y destinatario
de todo poder, que es el pueblo.
Necesitamos rescatar el poder como
expresión político-jurídica de la soberanía popular y como medio al servicio de
objetivos sociales colectivos. Sólo este es moral y ético. Es imperativo, pues,
contar con políticos que no hagan del poder un fin en si y para su provecho,
ligados a procesos de corrupción, tan largamente publicitados, sino una
mediación necesaria para realizar el bien común, a partir de abajo, de los
excluidos y marginalizados. El paleocristianismo llamaba a esto liturgia, que
significaba: servicio al pueblo.
En este contexto queremos recuperar
la figura sin par de político de los tiempos modernos que es Mahatma Gandhi.
Para él la política «es un gesto amoroso para con el pueblo» que se traduce por
el «cuidado del bienestar de todos a partir de los pobres». Él mismo confiesa:
«Entré en la política por amor a la vida de los débiles; viví con los pobres,
recibí parias como huéspedes, luché para que tuviesen derechos iguales a los
nuestros, desafié a reyes, no sé cuantas veces estuve preso». Lo mismo se
podría decir de otra figura ejemplar, Nelson Mandela, que después de decenas de
años de prisión superó el apartheid de Sudáfrica.
En estos tiempos de desesperanza
política por causa del mucho odio que se extiende en la sociedad, y también por
lo que no pocos denuncian como un golpe parlamentar-judiciario contra una
presidenta consagrada por una elección mayoritaria, necesitamos reforzar a los
gobernantes que se proponen cuidar del pueblo y hacer que el cuidado sea la
línea de conducta de la vida social en el municipio, en el estado y en la
federación.
A decir verdad, Brasil necesita
urgentemente de quien cuide de los pobres y marginados. Lula y Dilma se
propusieron intencionadamente cuidar y no administrar al pueblo, mediante
políticas sociales de rescate de su vida y su dignidad. Actualmente predomina
una política que cuida menos del pueblo y más de los ajustes rigurosos en la
economía, de la estabilización monetaria, de la inflación, de la deuda pública
federal y estatal, de la privatización de los bienes públicos y de nuestra
alineación con el proyecto-mundo. Todo esto se hace sin escuchar al pueblo e
incluso en contra de derechos sociales a duras penas conquistados.
Que no se diga que tal diligencia
representa el cuidado para con el pueblo. Cuidado meticuloso y hasta maternal
lo hay, sí, para con las élites dominantes, para con los bancos y para el
sistema financiero nacional e internacional que tiene lucros exorbitantes.
En lugar de cuidado, en la política
hay administración de las demandas populares, atendidas de forma paliativa, más
para acallar la inquietud y ahogar la revuelta justa que para atacar las causas
de su sufrimiento.
El cuidado para con el pueblo exige
conocer sus entrañas por experiencia, sentir sus llamadas, compadecerse de su
miseria, llenarse de iracundia sagrada y escuchar, escuchar y una vez más
escuchar. Debería haber un Ministerio de la Escucha, como existe en Cuba. En este
Ministerio deberían estar los discípulos de Paulo Freire y no los seguidores de
Pavlov y de Skinner, maestros de una visión mecanicista de la vida humana.
Escuchar la saga del pueblo, sus
padecimientos y sus esperanzas, las soluciones que encontró, el Brasil que
sueña. Él quiere bastante poco: trabajar y con su trabajo dignamente pagado,
comer, vivir, educar a los hijos, tener seguridad, salud, transporte, cultura y
tiempo libre para seguir a sus equipos preferidos y hacer sus fiestas y
músicas. Pero lo que más quiere es dignidad y ser reconocido como persona y ser
respetado.
El pueblo merece ese cuidado, esa
relación amorosa que espanta la inseguridad, proporciona confianza y realiza el
sentido más alto de la política.           

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