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Pedro Salmerón
Es posible
conocer en qué consistió la táctica del Centauro, pues tuvo que discutirla con
el general Felipe Ángeles, quien cuando se enteró de la concentración de
fuerzas en Torreón, se trasladó violentamente a esa ciudad desde Monterrey,
para tratar de convencer a Villa de no presentar batalla en el Bajío. Según el
capitán Federico Liceaga, del Estado Mayor del general Ángeles, testigo del
encuentro ocurrido en la estación de Torreón, el 30 de marzo, Ángeles sugería
diferir el encuentro, pues los contingentes villistas estaban dispersos y aún
no se entregaba el famoso cargamento de 17 millones de cartuchos; además, así
podría esperarlo, pues Ángeles se había luxado un tobillo al caerse del caballo
en Monterrey, el 29 de marzo. Además, había que dejar que Obregón avanzara y
extendiera tanto su línea de abastecimientos, que los zapatistas u otras
fuerzas pudiesen al fin cortarla. Según Liceaga, Villa lo escuchó atentamente
pero respondió que no podía esperar y que se echaría inmediatamente sobre
Obregón, a quien arrebataría el material de guerra que le hacía falta.
Hay un
elemento que Ángeles no consideró: la caída de Irapuato en manos de Obregón
supondría, necesariamente, el abandono del frente occidental y con ello, la
unificación de las fuerzas de Diéguez y Murguía con el Ejército de Operaciones,
además de que Obregón estaría recibiendo refuerzos constantemente: en efecto,
llegaron a tiempo para los combates del 6 y 7 de abril los veracruzanos de la
Brigada Gavira, y para los combates del 13 al 15, las fuerzas de Joaquín Amaro,
Antonio Norzagaray, Guadalupe Sánchez y otros.
Algunos
jefes villistas y oficiales de la escolta de “dorados” narrarían años después
el ambiente de esos días en Torreón. El encuentro de Villa y Ángeles fue
presenciado por los generales Eduardo Ocaranza, Pedro Bracamonte, Lucio Fraire
y Rafael Licona, además de jefes como José María Jaurrieta y Martín Rivera.
Tras escuchar los argumentos de Ángeles, Rafael Licona expuso a los otros
generales que si Carranza era capaz de mantener satisfactoriamente abastecidos
todos los frentes de operaciones, incluso los más lejanos, como el de Diéguez y
Murguía en Jalisco y el de Iturbe, en Sinaloa, “¿cómo iba a mandar a campaña,
escaso de recursos, a su mejor general?” Los hombres cercanos a Villa entendieron
sus argumentos y rechazaron los de Felipe Ángeles.
Saliendo de
Torreón, en su avance hacia Irapuato, Villa fue sembrando desinformación: que
si tenía 32,000 soldados, que si avanzaría con el grueso de las tropas contra
Diéguez y Murguía dejando solo un retén en el Bajío, nada de lo cual engañó a
Obregón, principal destinatario de estos informes, pero sí a muchos
historiadores, que creyeron en la enorme superioridad numérica de las fuerzas
villistas en la 1ª batalla de Celaya.
Eso nos
lleva a la habitual danza de los números. ¿Con cuántos hombres contaban los
contendiente y qué tipo de fuerzas eran? Villa concentró en Irapuato 11,500
soldados, de las brigadas Guerrero, del general Agustín Estrada y el coronel
Murga; las fuerzas guanajuatenses del gobernador Abel Serratos; la Brigada
Robles, a las órdenes de Canuto Reyes; la Brigada Trinidad Rodríguez, del
general Isaac Arroyo y la Brigada Benito Artalejo, formada por la caballería de
Pablo López y la infantería de José I. Prieto. Llegaron también tres tercios de
infantería, de los generales Dionisio “el cura” Triana, José Herón González
“Gonzalitos”, y Eduardo Ocaranza. Contaba además con 22 cañones, aunque su
ventaja artillera quedaba un tanto neutralizada por las ametralladoras de
Obregón y, sobre todo, porque prácticamente no le quedaban granadas St.
Chaumond, y las fabricadas en Chihuahua eran de pésima calidad. La diferencia
entre estas fuerzas y las de Obregón, más que en los números, estribaba en su
escaso fogueo y la baja calidad de los mandos. “La División del Norte en Celaya
era un remedo”.

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