Arturo Miranda Montero

Siempre hemos visto a los políticos enseñando la mazorca, besando niños y abrazando a cuantos les ponen enfrente.

La propaganda política quiere esparcir los ideales de quienes los propagan. Eso viene de lejos. Y su prima, la publicidad, se ha popularizado merced al mercado. Así entonces, a los políticos se les ha colocado como mercancía que se vende para que nosotros, los clientes, la compremos con todo y monito, aunque sean chatarra.

Pero ahora hemos ido más allá con eso de las redes sociales. Las tecnologías que casi todos vemos en nuestras pantallitas nos traen a esas personas esforzadas por agradarnos. Se colocan en posturas increíbles: los feos resultan agradables, los gordos, simpáticos y los ratones, mininos apapachables. Proyectan lo que no son, mediante filtros técnicos y éticos. Esa realidad inventada es deshonesta de cabo a rabo porque no se corresponde con el ánimo social que percibe otras realidades.

En las purititas poses miramos apariencias. Son espejitos de sus gustos. Y eso lo hacemos quizá todos en nuestro feis, tuiter o insta; pero nosotros somos individuos privados que jugamos a presumir lo que aspiramos a ser. Hasta ahí. Pero el político, hombre o mujer, esconde sus convicciones tras esas máscaras contemporáneas.

La diferencia abismal consiste en que nosotros pagamos suscripciones a esas redes y ellos no, lo pagan con nuestros impuestos: toda imagen pública de los políticas está cobrada y costeada por sumas inimaginables para cada mortal. El gasto en imagen pública oficial multiplica crecidamente partidas que ya quisieran programas de todo tipo.

No, los propósitos imaginados de la política no pueden seguir a nuestro cargo.