28 octubre, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Redacción de argumentos

4 minutos de lectura

Por.- Enrique R. Soriano
Valencia
La palabra ‘redactar’
procede del latín redigiere. Este
vocablo se usó en la Roma clásica en dos sentidos, para redirigir y para
redactar. En ese entonces el vocablo representaba lo mismo. Ello 
significa que
redactar actualmente está mal conceptuado. La mayoría supone que redactar es
copiar formatos (le decimos machotes en México), o un conjunto de reglas para
aplicar la puntuación, o simplemente poner por escrito las ideas o, incluso,
todas estas aseveraciones en conjunto. Nada de ello es redactar. El concepto,
desde sus orígenes, implica ordenar, organizar las ideas, bajo una intención. Y
ello demanda la creatividad del expositor que estará sujeto al propósito de informar,
argumentar o recrear. Por tanto, cada intención se presentará de diferente
forma. Es decir, cada sesgo genera un tipo de exposición u organización del
texto: un orden diferente. Hoy me centraré en la argumentación.
El estilo argumentativo
para buscar la aceptación de quien escucha (o lee) se encuentra de forma más
común en los vendedores. Con el propósito de generar la venta, el oferente debe
convencer al eventual comprador de las bondades de su producto. Sin embargo, no
menos contundente, el abogado debe argumentar ante el juez la validez de sus
postulados y rebatir los del oponente. Por su parte, el estudiante que sostiene
una tesis le es imprescindible argüir de forma precisa y contundente para
lograr la aceptación de sus sinodales.
La exposición
argumentativa clásica se basa en las normas de los silogismos. Estos son usados
por la ciencia para llegar a conclusiones válidas. En la vida social se recurre
a ellos para convencer.
A diferencia del
silogismo que empieza por las premisas y termina con una conclusión, el
argumentador inicia por la conclusión –para atrapar el interés del
interlocutor–, de inmediato enuncia premisas (oraciones que afirman algo y no
requiere de mayor explicación), para fundamentarse y llegar a la conclusión. De
esta forma, el desenlace no suena extraño, diferente o alejado de cada premisa.
Entonces es mucho más probable que convenza.
Es decir, que la
estructuración de un documento debe partir de fijar los puntos que debe
convencer. A cada uno dedicar un razonamiento (que será el párrafo de forma
escrita). Cada uno será iniciado por la conclusión sobre el punto, seguido de
premisas (o antecedentes) y rematar de forma adecuadamente vinculada la
conclusión. Ésta, entre más específica y con los datos de las premisas, mejor.
Para poder lograr un desenlace
incontrovertible es imperativo conjugar varios factores. Por una parte,
requiere de usar la puntuación de forma impecable. Es decir, construir oraciones
breves, directas, precisas y que tengan un sentido de contundencia. Esto último
es probable que se pierda a causa de construir oraciones en extremo largas y,
por tanto, difícil de aceptar como lógicas. Por ello, entre más se aplique el
punto y seguido en un texto, mejor. Recurrir a las comas suele ser altamente
peligroso. Una coma mal aplicada cambia el sentido de una oración. No es lo
mismo «El argumento es falso tal como lo presenta» (donde se descalifica el
argumento expuesto) a «El argumento es falso, tal como lo presenta» (donde se
señala que quien enuncia ya lo expone como falso).
Por otro lado, es
imperativo ser fiel al significado que les corresponde a cada vocablo. 
Evidentemente, la solidez de un término contribuye a la de la oración. Pero si
un término no cumple con esa función, hay inconsistencia en el argumento. Es
común entre expositores verse seducido por el uso de voces de uso poco
cotidiano y que por desgracia muchas veces no poseen el significado pretendido.
El caso más evidente es la palabra ‘adolecer’ que la mayoría supone que
significa ‘carecer’, ‘faltar’ o ‘no tener’ cuando el sentido es el de ‘padecer’
o ’tener negativamente algo’.
Finalmente, las palabras
de enlace también juegan un papel crucial. Las preposiciones, en especial, son de
enorme riesgo. «Un jarabe para la tos» es una sustancia que la propicia;
distinto de un «Jarabe contra la tos», que su papel será combatirla.
Argumentar es sencillo si
se organiza el texto (o la idea por exponer). Imitar esquemas o formatos no es
redactar de forma argumentativa. El sostener algo requiere de la creatividad
que todo ser humano disponemos para darle un sentido personal a la forma
expositiva de un texto.

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