Salvo Su Mejor Opinión

General
Reminiscencia

Por.-Héctor Gómez De La Cortina
Guerrero

Siendo
muy niño, les estoy hablando que tendría yo entre 5 y 10 años, me encantaba la
lucha libre. No recuerdo el origen de esa afición pero gozaba con ver las
peleas de los luchadores, mis papás me compraban con frecuencia la revista
“Coloso” (que por cierto creo que ya desapareció) y yo aprovechaba para pegar
con cinta en mi recamara los posters de mis ídolos y de los no tan ídolos. Ahí
tuve a Octagón; Mil máscaras; Cien caras; El hijo del santo; 2 caras;
Tinieblas; El rayo de Jalisco; Pierroth; Atlantis, etcétera. Me encantaba tanto
el deporte que trataba de estar al pendiente de los encuentros por televisión y
tuve la osadía de llevar mi afición a la casa de mi abuelita “Dada” en la cual
pegué varios posters con luchadores. El atrevimiento duró como dicen “la
víspera y el día”, mi abuelita jamás me reclamó absolutamente nada pero mis
posters fueron desprendidos y entregados a mi mamá, que sólo me dijo “¿Cómo se
te ocurre llevar estas imágenes de fulanos enmascarados a casa de tu
abuelita?”.
Con
el paso del tiempo mis aficiones tomaron un rumbo distinto. Me deslumbró el
basquetbol cuando vi en pleno apogeo a un imparable e inolvidable Michael
Jordan dominar la NBA junto a un equipazo. El futbol llegó para ocupar el lugar
privilegiado entre los deportes que me gustan y con mayor razón cuando Celaya
tuvo aquél equipo de primera división que hizo ilusionarnos a todos y con mis
Pumas a quienes hasta la fecha sigo con atención. Sin embargo, aún quedaba algo
de ese gusto por la lucha libre y acudí ya por ahí de mis 15 años a las
invitaciones que amablemente me hacía mi querido “Rodo” Álvarez Ledesma a los
encuentros que tenían lugar en las instalaciones de la antigua feria. Junto con
su hijo, mi querido amigo “Fito”, nos la pasábamos de lujo y reíamos a rabiar
con los comentarios que algunos rudos lanzaban contra la ciudad al no ser bien
recibidos. “No vuelvo a este pueblo bicicletero” llegó a decir El hijo del
diablo. Y como si se tratara de una rutina inalterable, terminábamos cenando en
“Tacos Lalo”, un local ubicado en boulevard que ya no existe y cuya ubicación
exacta he olvidado.
Pues
bien, hace 3 semanas y de visita por la ciudad de México, tuve la fortuna de
conocer La Arena México. La función del viernes por la noche era prometedora,
honestamente no tenía muchas ganas de ir pues hace ya tiempo que no estoy al
tanto de lo que sucede con ese deporte, pero me incliné por aceptar la
propuesta y tomarlo como una nueva experiencia. Llegué con mi amigo Fernando
Ávalos Acosta un poco retrasados por un horripilante tráfico en la capital. En
el exterior del recinto ya nos esperaba nuestro amigo Federico Mascarell
Jiménez, viejo lobo de mar en la experiencia luchística y mientras ingresábamos
entre un mar de personas que portaban máscaras y algunas otras que observaban
fascinadas el mural del acceso principal, poco a poco me fui ambientando.
Desconocí a la mayoría de los luchadores, pero ubiqué emocionado a Atlantis y
El Negro Casas que ya eran figuras cuando yo era niño y aún siguen vigentes; el
polémico “Tirantes” referí histórico acusado de hacer trampas en favor de los
Rudos, participó en la pelea estelar. Me impresionaron las acrobacias de varios
de ellos, el grado de dificultad debe ser altísimo así como el riesgo de
lesionarse. Morimos de risa cuando un luchador de nombre Máximo Sexy, aplicaba
su poder supremo, consistente en besar a los rivales, mismos que salían
despavoridos del cuadrilátero. Cuando un gladiador de nombre Marco Corleone de
unos 2 metros de estatura y con un físico impresionante era golpeado por
rivales cuyos golpes le llegaban al pecho. Con el niño sentado a mi lado que se
sabía de memoria la introducción que de cada luchador hacen en el sonido local.
Con las ocurrencias de los aficionados que se dividen entre los Rudos y los
Técnicos.
Acudir
pues a la Arena México es toda una experiencia, es presenciar uno de los deportes
de mayor arraigo en nuestro país, para divertirse, gritar y reír. Es observar
como los extranjeros se vuelven locos en ese lugar, se deslumbran, se
impresionan, es darse cuenta que acude no solo la gente del barrio, sino de
cualquier lugar a pasar un momento agradable.
Tuve
pues una reminiscencia de mi infancia y estoy dispuesto a seguirla teniendo
mientras vaya a la ciudad de México. La diversión está garantizada.
Twitter:
@gomez_cortina

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