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Santiago Heyser Beltrán

Nunca entendí porque una de las oraciones de mi religión, decía: “En este valle de lágrimas”, si el objetivo de Dios es que seamos felices COMPARTIR facebook  twitter  google plus  Correo  Linked in  whatsApp Santiago Heyser

Vengo de una familia católica, donde desde pequeño rezaba para prevenir todo tipo de males y desgracias, en particular a mi ángel de la guarda, que se encargaría, según dichos de mi madre, de protegerme… Recuerdo: “Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares, ni de noche no de día, contigo me acuesto, contigo me levanto, con la gracias de Dios, y del Espíritu Santo.” También me enseñaron que todo venía de un Dios, que era trinitario, cosa que sigo sin entender: “Un solo Dios en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.” Pero no era importante entender, lo importante era creer, ya que las cosas divinas escapaban a nuestra comprensión y la virtud o gracia estaba en creer, aún sin comprender.

 El problema es que ese Dios que me enseñaron a adorar, no solo era trinitario, sino que era confuso, por una parte era Dios Padre castigador, exigente, amenazante, creador del infierno, y por el otro un Dios amor, comprensivo, paciente e intrínsecamente bueno. Al mismo tiempo, para mostrarlo poderoso a mis ojos y así hacerme piadoso y obediente, ese Dios era responsable de todo, de la existencia del Universo, también de la vida y por supuesto de todos los eventos terrenales, fueran buenos o no. “no se mueve la hoja de un árbol sin la decisión del Señor” me enseñaron… Y ahí vino mi cuestionamiento alrededor de los 16 años; resulta que una vecina me coqueteaba al tiempo que mi cuerpo despertaba a la sexualidad, lo que me traía pensamientos y deseos calificados como pecaminosos, lo que me obligaba, cada sábado, en la misa escolar, a confesarme para poder comulgar, y es que dejar de comulgar, era ponerse en la mira de los maestros que te observaban sentado mientras todos los demás formaban fila para la comunión… Todo ello me producía un estrés terrible y un rechazo a lo religioso. En adición, resulta que yo pecaba de pensamiento, palabra, obra y omisión, es decir, aún sin hacer nada ya era culpable de lo que no podía detener, los pensamientos lascivos en donde mi vecina era protagonista central.

El ritual se volvió tedio: yo pecaba de pensamiento entre semana, trataba de arrepentirme sin mucho éxito, me confesaba, comulgaba el sábado y volvía a pecar de pensamiento porque, para mí desgracia ¡Mi vecinita era pechugona!

Un día, agobiado por este círculo vicioso, me acerque a un cura para preguntar por una solución; la respuesta fue: “Ten fe y no peques, el demonio te está tentando.”, la respuesta no me convenció así que pregunté a un maestro; la respuesta fue técnica: “Cuando tengas esos pensamientos o sientas el deseo en tu cuerpo, báñate con agua fría.” Finalmente me acerque e mi madre, quién amorosamente evadió el tema y nada dijo. Llegué a la conclusión de que yo solo debería encontrar las respuestas, ya que para eso, el responsable de todo ¡Dios!, me había dado una capacidad para razonar.

Primero imaginé mi muerte, después de haberme contenido en mis deseos fornicatorios con mi vecina… Llegué al cielo, me llevaron con el Creador quién me preguntó por mis acciones; le dije que había frenado mis impulsos de acuerdo con las enseñanzas recibidas. -¿Y el instinto que puse en ti? <Preguntó> –Lo contuve Señor. –¿Y la capacidad para razonar que te otorgué? –Yo solo obedecía a mis mayores, Señor. –Pues que desperdicio de vida, fuiste un pendejo <Concluyó el Creador>… Después de unos momentos concluí que estaba, hábilmente, acomodando las cosas a mi conveniencia, así que, me volví a morir…

Llegué al cielo, me llevaron con el Creador quién preguntó por mis acciones; le dije que había obedecido a mi instinto y a mis impulsos y que me había brincado la barda de la vecina para fornicar. -¿Y el mensaje de contención que te envié con tus mentores? <Inquirió el Señor> -Pues era contrario a la ley natural, mi Dios. -¿Y el mandamiento de no fornicaras que te enseñaron mis enviados y discípulos? –Era contrario a mi naturaleza y mi instinto Señor. El Señor mi Dios golpeo la mesa que tenía enfrente y exclamó ¡Eres un rebelde!… Ahí terminó mi sueño… Volviendo a la realidad se me presentó un dilema, o me decían pendejo por no obedecer mi instinto o me decían rebelde por no obedecer a mis mentores, guías y padres.

 Como no me gusta que me digan pendejo, me brinque la barda de la vecina y todavía al día de hoy es una de las más excitantes experiencias de mi vida, la que no cambiaría por nada del mundo y me permitió transitar de adolescente a hombre de una manera linda. Fue así como decidí honrar al Dios amor que se congratula por mi humana felicidad y dejar en el closet al Dios justiciero y vengador, lo que simplemente me permite vivir feliz, sin tanta regla contraria a mi naturaleza, viviendo sin el miedo a un infierno, que aquí entre nos, no creo que exista, no sería lógico cuando mi Dios es Dios amor… ¡Así de sencillo!

Un saludo, una reflexión

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