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Arturo Miranda Montero 

Como todo mundo –literal- vio cómo se le chispoteó el clasismo al presidente municipal de Guanajuato, inmediatamente saltó la pregunta: bueno, ¿qué ofrece al turismo fifí?

Para hablar de turismo, debemos considerar las dos partes que lo integran: lo que se ofrece y lo que se espera. En nuestro caso, se ofrece la ciudad y los visitantes esperan encontrarla bien. ¿Qué ciudad se ofrece? Pues debe ser la que los habitantes deseamos: segura, limpia y llena de oportunidades económicas. ¿Así la tenemos? Al visitante se le recibe por los habitantes, y somos nosotros quienes debiéramos contar con todas las satisfacciones cotidianas para compartirlas, esas que están en las leyes y reglamentos encargados a las administraciones de cumplirles y hacerles cumplir.

El problema es el que salió de la boca del presidente municipal: creer que el turismo es llenarnos de carteleras con espectáculos sucesivos para ser consumidos por quienes puedan pagarlos, hospedarse en los hoteles de los políticos enriquecidos, comer en restaurantes propios y meterse a los negocios disfrazados de “museos”.

Palabrejas como derrama y festivales son las más recurrentes para disfrazar actividades que no tienen orden y concierto como industria turística de una ciudad atosigada por la pobreza (desempleo, ambulantaje, falta de seguridad social permanente, trabajo de míseros salarios y sin sindicato, contratos explotadores que se dan por las propinas); sin referentes significativos (gastronomía, por ejemplo) sino nomás por tópicos (momias, pípila, alhóndiga…); “estudiantinas” y guías sin calidad alguna; abrumada por el ruido y el trafical: amontonada, pues, y, sobre todo, sin gobiernos con visión de largo aliento; pues a seguirnos sobando

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