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Arturo Miranda Montero 

Murmuradores, dicho sea de paso, es lo que somos los mexicanos de este nuestro tiempo. Felices, quizá, pero de a poquito porque nos encanta la dicha inicua de perder el tiempo.

Dicen que dicen es como si verdad divina fuera, trátese del prójimo o de la política. Valemadrismo a la hora de averiguar si sí o si no. Total, si parece, es.

Dimes y diretes para referirse al dinero público, al robo que es nomás por ser gobierno. A los anteriores ya se les colgó el sanbenito; a los que van llegando, espérense tantito y sufrirán.

Estar en boga es pasajero, pero enseguidita le viene hacerle la cruz, cosa de malhumorarse y ya, sobre todo cuando luego, luego se nota que nomás llevan agua a su molino. Como ser gobernante es un golpe de fortuna, ésta brilla nomás se ocupa el cargo y las luces apuntan hacia el afortunado para verle mejor. ¡Ayayay! de quien antes es vaquero y hoy caballero.

La tómbola pudo haber hecho tomar por oficio a la política, pero el talento no se rifa, de ahí aquello de tornarse sueño de perro gastando tanto como no se debe y echando a perder las cosas públicas.
La mentira va pegada a la estupidez. Mentir con toda la boca y hacer pendejadas es como agua en un cesto. ¿Por qué se justifican constantemente los yerros políticos? Para decir que el otro no entiende, que ataca por atacar, que es un traidor, que es contreras. Gobernar es entender a la gente y estar con ella; administrar es suministrar bienes y servicios, pero como somos una sociedad que hace lo que le viene en gana, pues al grito de ¡me canso, ganso!, chínguese el vecino.

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