Dom. Sep 20th, 2020

Voces Laja Bajío

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Sor Juana.

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Por.- Pedro Salmerón
Según la tradición conservada en el pueblo de San Miguel
Nepantla, en el actual estado de México, un 12 de noviembre nació ahí Juana
Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, quien sería conocida como sor Juana
Inés de la Cruz. Si el día se ha conservado, no ha pasado lo mismo con el año,
que para algunos es 1648 y para otros 1651.
Sor Juana se definió a sí misma como buscadora de la verdad:
“aunque sea contra mí -dijo- me ha hecho dios la merced de darme grandísimo
amor a la verdad”. Esta es una de las claves que explican su vida; una vida
entregada al estudio y a la comprensión del enigma de la existencia. Pero la verdad
primera y última para ella fue Dios, eje y misterio, meta y punto de partida.
Desde muy niña se dio al estudio, la lectura y la búsqueda
de la verdad, a pesar de que en su casa trataron de “estorbárselo” -como ella
dijo-. Se inició, pues, como autodidacta, y siempre lo sería, y hacia 1665 fue
admitida en la corte porque la virreyna, mujer ilustrada y culta, acogió a la
adolescente cuyas poesías ya se leían y cuyos conocimientos eran sorprendentes.
Poco después entró en religión, pues no deseando casarse y siendo de pobre
cuna, era ese el único camino que, en la sociedad de su tiempo, no le estaba
vedado.
Desde que profesó, en 1669, su vida fue una continua lucha
en defensa de sus ansias de conocimiento contra los prejuicios de una época que
vedaba el estudio a las mujeres. En 1690, en su célebre Respuesta a sor Filotea
de la Cruz (seudónimo que usó el Obispo para reprenderla) escribió en defensa
de su vocación y del derecho de las mujeres al estudio:
“Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio
a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho dios la merced de
darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la
razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas
reprensiones -que he tenido muchas-, ni propias reflejas -que he hecho no
pocas-, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que dios puso en
mí.

“Volví (mal dije, pues nunca cesé); proseguí, digo, a la
estudiosa tarea (que para mí era descanso en todos los ratos que sobraban a mi
obligación) de leer y más leer, de estudiar y más estudiar, sin más maestro que
los mismos libros.”

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