TRAPITOS… al Sol.

General
Celso Rico Rivera
Cuando se habla de democracia, con frecuencia se toca el tema de los valores que le son consustanciales. Lo cual es por demás explicable si se considera que la democracia no puede funcionar adecuadamente sin la existencia de diversos valores éticos y políticos que la hacen deseable y justificable frente a sus grandes alternativas históricas: el autoritarismo y la dictadura.
En efecto, la consolidación de un sistema democrático requiere que las fuerzas políticas y la sociedad en su conjunto asuman en sus actitudes cotidianas los valores de la estabilidad, de la paz, de la legalidad, de la autolimitación, de la cooperación y de la tolerancia. Se trata de un aprendizaje colectivo que lleva a reconocer derechos y obligaciones recíprocos en un contexto pluralista.
Por ello se afirma con cierta frecuencia que la democracia es difícil, pues los procedimientos democráticos requieren que dichos valores rijan las actitudes ciudadanas; lo cual equivale a decir que requieren de una cultura democrática, que sólo puede consolidarse mediante el ejercicio de los derechos democráticos; pero necesita también de una labor educativa a realizar por las instituciones gubernamentales, las escuelas, los partidos políticos y las organizaciones sociales.
Esto último ha sido visto como una tarea de primordial importancia en múltiples países. Vale recordar, por ejemplo, que en Alemania al concluir la Segunda Guerra Mundial se decidió impulsar una autentica cultura democrática, para lo cual la constitución de posguerra incluyó la obligación de los partidos políticos de fomentar los valores democráticos. Precisamente para acometer esta tarea fueron creadas las fundaciones Friedrich Ebert y Adenaur.
Es evidente, sin embargo, que la formación en valores tiene que ir más allá de los vinculados estrictamente con los procedimientos democráticos. Tiene que llegar al plano más general de los valores que le pueden dar un sentido integral al desarrollo cívico para la convivencia cotidiana. En este plano figuran los valores sociales útiles para el individuo, la familia y la sociedad en su conjunto, tales como el respeto al tiempo ajeno y los vinculados con la eficiencia y la productividad. Valores, en fin, que tienen que ver con la percepción de la gente sobre el espacio, sobre el tiempo, sobre sus conciudadanos, etcétera.
Decía Ortega y Gasset que “la cultura es un conjunto de actitudes frente a la vida”. Y en ello estriba precisamente el gran reto cultural que enfrentamos los mexicanos en estos tiempos preelectorales y de transición democrática. Sabemos que la cultura y sus valores son resultados de un largo proceso histórico, y que como tales no pueden ser modificados súbitamente; pero estamos obligados a trabajar a marchas forzadas en la transformación cultural necesaria para que nuestras actitudes no se conviertan en una rígida camisa de fuerza para el avance democrático del país y para su inserción provechosa en la aldea global que alcanzará su plenitud en el 2018.

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