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 Miguel Alonso Raya 

La constancia de presidente electo que recibió Andrés Manuel López Obrador de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es fruto de su persistencia, capacidad y visión para interpretar el anhelo de cambio de la sociedad. Sin embargo, también es cierto que su triunfo es parte de un proceso histórico que inició en 1988 con el Frente Democrático Nacional (FDN) encabezado por el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.

Nadie debería escatimar el triunfo de Andrés y el reconocimiento a su gobierno como un gobierno de izquierda, pero tampoco hay que dejar de reconocer que atrás de ese triunfo hay una historia reciente que inició el FDN cuya organización requirió esfuerzos tan complejos o más que el Movimiento por la Reconstrucción Nacional (Morena).

Entre esos antecedentes de lucha hay que enlistar la candidatura de Cárdenas a la presidencia en 1988 y el fraude que operaron Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Manuel Bartlett para impedir que llegara a la presidencia de la República; y los posteriores acuerdos que los priistas construyeron con el PAN.

Para seguir luchando por cambiar las condiciones del país, después del fraude del 88 el FDN acordó crear el Partido de la Revolución Democrática en 1989 que enfrentó una feroz persecución de parte del gobierno de Salinas (con un saldo estimado de 600 militantes asesinados) y en su primer participación electoral como partido político en las elecciones intermedias de 1991 fue víctima de una operación fraudulenta orquestada e instrumentada por Salinas y el entonces Regente del Distrito Federal, Manuel Camacho Solís; y tan se les pasó la mano que intentaron anular un distrito para que pudiera entrar Marcelo Ebrard a la Cámara de Diputados por la vía plurinominal.

En medio de la crisis política generada por el fraude del 88 y la crisis económica de 1994, se gesta la reforma electoral de 1996 impulsada por la oposición, donde el PRD fue pieza clave, basada en cuatro ejes fundamentales: la revisión de la estructura y funciones de los órganos electorales, la renovación de las condiciones de la competencia, establecimiento de nuevas reglas para integrar el Poder Legislativo y la reforma al régimen de gobierno del Distrito Federal (Córdova, L. “La reforma electoral y el cambio político en México”)

Esta reforma y la popularidad del cardenismo permitieron en 1997 el triunfo del Ingeniero Cárdenas en el Distrito Federal y la conformación plural del Congreso de la Unión. Por primera vez, en la LVII Legislatura (1997-2000), el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados con lo que se modificaron los órganos de gobierno, no sin una serie de presiones e intentos de rompimiento del quorum encabezados, por cierto, entre otros, por Ricardo Monreal, entonces alfil de Emilio Chuayffet.

Luego vino la alternancia del año 2000 con el panista Vicente Fox y el triunfo de AMLO en el Distrito Federal como candidato de la “Alianza por México” (PRD-PT-Convergencia-PAS-PSN). Cabe resaltar que el PRD encabezó la negociación con el presidente Ernesto Zedillo y el PAN para que se le otorgara la constancia de residencia a AMLO y poder abrirle paso a su candidatura.

Después se dan las candidaturas presidenciales de Andrés Manuel en el 2006 y 2012 en donde, además de las operaciones fraudulentas del aparato de gobierno, se cometieron errores internos de estrategia que no se corrigieron y dificultaron su triunfo.

Desde el PRD se le recomendó en 2006, por ejemplo, que construyera acuerdos con Elba Esther -todavía líder del SNTE-, empresarios, gobernadores y distintos actores políticos; que no quiso atender para no comprometer su capital político. Andrés Manuel dejó al PRD argumentando su desacuerdo con la intención de proponer un “Pacto por México”. Al tiempo veremos qué sucede con las reformas derivadas de esos acuerdos, aún con las que el PRD votó en contra, como la energética, sobre la que el equipo cercano de AMLO ha dicho que no se revisará a pesar de que fue una promesa de campaña.

Andrés Manuel, Cuauhtémoc Cárdenas y otros  liderazgos también se fueron del partido por su condición tribal y sus relaciones de subordinación con el gobierno federal y gobiernos estatales.

En la elección de 2018 con un amplio movimiento aglutinado en y alrededor de Morena, AMLO corrigió estos errores y aunque en mi opinión fue extremadamente pragmático,  hay que reconocer que eso, entre otros factores, le permitió alcanzar un histórico triunfo.

Es pertinente contextualizar lo anterior para reconocer, primero, que el triunfo de Andrés Manuel es producto de su persistencia, de un extenuarte trabajo, del hartazgo contra el PRI y el PAN por la corrupción; y, segundo, que es parte de un proceso de lucha encabezado por la izquierda en donde él es un personaje central como integrante del PRD, como su presidente, dos veces candidato al gobierno de Tabasco, dos veces candidato a la Presidencia de la República y Jefe de Gobierno del Distrito Federal.

Si en el 2018 no fue posible integrarse a la alianza con Morena fue porque hubo resistencias de ambos lados, pero eso no le quita mérito a la lucha histórica de la izquierda por transformar las condiciones del país. Por eso no es aceptable decir que Andrés Manuel no representará a la izquierda en la Presidencia de la República. Claro que es un triunfo de la izquierda y como tal hay que reconocerlo.

Esto también implica pugnar porque en el gobierno de AMLO puedan desarrollarse realmente los pesos y contrapesos, en el marco del respeto de lo que  corresponde hacer a cada uno de los poderes y órganos autónomos, como parte del entramado institucional que se fue construyendo en nuestro país; así como evitar tentaciones autoritarias.

El PRD debe respaldar el gobierno de AMLO y la agenda de su gobierno en el Congreso de la Unión porque, finalmente, muchas de esas propuestas forman parte del programa histórico del PRD o son iniciativas presentadas por legisladores perredistas en la Cámara de Diputados o de Senadores.

El PRD requiere una autocrítica muy seria, si no entiende, si anda buscando la manera de cómo ser opositor al gobierno de Andrés Manuel cometerá un error histórico y, evidentemente, la gente se lo cobrará una vez más. Si el PRD no caracteriza correctamente el fenómeno que se expresó el 1 de julio, el momento histórico que se vive, al personaje que lo encabeza y el papel que le toca jugar para que su futuro tenga viabilidad, sus días estarán contados.

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