Dom. Sep 27th, 2020

Voces Laja Bajío

Juntos llegamos más lejos

Una santa que no creía en Dios

4 minutos de lectura
Por.- Leonardo Boff

                Dejemos
a un lado, por un momento, las cuestiones políticas y ocupémonos de un tema de
gran relevancia existencial y espiritual. Se trata de la noche oscura que la
recién canonizada Madre Teresa de Calcuta vivió y sufrió desde 1948 hasta su
muerte en 1997. Tenemos los testimonios recogidos por el postulador de su
causa, el canadiense Brian Kolodiejchuk en el libro Come Be My Light (Ven, sé
mi luz).
                Como es
sabido, la Madre Teresa vivía en Calcuta recogiendo moribundos de las calles
para que muriesen humanamente dentro de una casa y rodeados de personas. Lo
hacía con extremo cariño y completa abnegación. Todo indicaba que lo hacía a
partir de una profunda experiencia de Dios.
                Cuál no
sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos de su profundo desamparo interior,
verdadera noche sin estrellas y sin esperanza de un sol naciente. Esa pasión
dolorosa duró casi 50 años. Ya en agosto de 1959 escribía a uno de sus directores
espirituales: «En mi propia alma siento un dolor terrible. Siento que Dios no
me quiere, que Dios no es Dios y que Él verdaderamente no existe».
                En otra
ocasión escribió: «Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de
Dios, tan profundo que me hace daño; un sufrimiento continuo y con él el
sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin
cuidado; el cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío».
                Sabemos
que muchos místicos testimonian esta experiencia de oscuridad. Lo constatamos
en san Juan de la Cruz, en santa Teresa de Ávila, en santa Teresa de Lisieux,
entre otros. Esta última, tan dulce, expresión de la mística de las cosas
cotidianas, escribió en su Diario de un Alma: «No creo en la vida eterna; me
parece que después de esta vida mortal, no existe nada: todo desapareció para
mi, solo me queda el amor».
                Es
conocida la noche oscura de san Juan de la Cruz, tan bien expresada en su poema
“La noche oscura”. Él distingue dos noches oscuras: una, la noche de los
sentidos por la cual el alma vive sin consuelos espirituales y en una tremenda
sequedad interior. La otra es la noche del espíritu “oscura y terrible” en la
cual el alma ya no consigue creer en Dios, llega a dudar de su existencia y se
siente condenada al infierno.
                Especialmente
la modernidad, centrada en si misma y perdida dentro del inmenso aparato tecnológico
que creó, vive también esta ausencia de Dios que Nietzsche calificó como «la
muerte de Dios». No es que Dios haya muerto, porque entonces no sería Dios. Es
que nosotros lo matamos, es decir, Él ya no es un centro de referencia y de
sentido. Vivimos errantes, solos y sin esperanza.
                Dietrich
Bonhöffer, teólogo mártir del nazismo, captó esta experiencia, aconsejándonos
vivir «como si Dios no existiese» (etsi Deus non daretur), pero viviendo el
amor, el servicio a los demás y cultivando la solidaridad y el cuidado
esencial.
                Sospechamos
que Jesús conoció esta noche terrible. En el Huerto de los Olivos se sintió tan
solo y angustiado que llegó a sudar sangre, expresión suprema de pavor. En lo
alto de la cruz, grita al cielo: ”Padre, ¿por qué me has abandonado?” No
obstante esa ausencia de Dios, se entrega confiadamente: “Padre, en tus manos
entrego mi espíritu”. Se despojó de todo. La respuesta vino en forma de
resurrección como la plenitud de la vida.
                La
noche oscura de Madre Teresa al punto de decir: «Dios verdaderamente no existe»
nos deja un interrogante teológico. Descompone todas nuestras representaciones
de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás” dicen las Escrituras. Es «nuestro
saber no sabiendo, toda ciencia transcendiendo» al decir de San Juan de la
Cruz. Creer en Dios no es adherir a un dogma o doctrina. Creer es una actitud y
un modo de ser; es adherirse a una esperanza que es “la convicción de las
realidades que no se ven” (Hebreos 11,1), porque lo invisible es parte de lo
visible. Creer es una apuesta, según dice Pascal, que conoció también su noche
oscura.
                Simone
Weil, la judía que en la última guerra se convirtió al cristianismo pero no
quiso bautizarse en solidaridad con sus hermanos condenados a las cámaras de
gas, nos da una pista de comprensión: «Si quieres saber si alguien cree en
Dios, no te fijes en cómo habla de Dios sino en cómo habla del mundo», si habla
en forma de solidaridad, de amor y de compasión. Dios no puede ser encontrado
fuera de estos valores. Quien los vive está en dirección a Él y junto a Él
aunque niegue a Dios.

                La
Madre Teresa de Calcuta amando a los moribundos estaba en comunión con el Dios
escondido. Ahora que ya se transfiguró vivirá la presencia de Dios cara a cara
en el amor y en la comunión.    

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