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Por
Gabriel Ríos.
Esta
alternativa dilemática, de milenios, abreva en las circunstancias cambiantes
del mundo físico, que condicionan el valor de los satisfactores en el juego de
la oferta y la demanda. Así, por ejemplo, las plagas, los meteoros y el suelo
terráqueo pueden asolar los cultivos y afectar la feracidad natural y desatar
procesos consecutivos que impactan en lo que el Hombre lleva a su mesa y pone
para el cuidado de su salud corporal, no se diga las consecuencias psicológicas
y sociales de esos fenómenos, en un momento dado. Cabe decir que la
sobreabundancia también puede tener su cuota dentro de la problemática descrita,
pero, en general, se considera a la carestía como la norma válida para tasar el
valor de los satisfactores.
Sin embargo,
abundan los ejemplos en que se han podido enfrentar contingencias apreciables
sin consideración de la carestía. Permítaseme ir desde el bíblico profeta José
y las vacas gordas y flacas, hasta el año de 1985, en que el pueblo mexicano
demostró que hay mejor apoyo en la solidaridad espontánea de los ciudadanos,
que en los presupuestos de egresos, arduamente debatidos por los legisladores
del Congreso de la Unión, y ejercidos por el Poder Ejecutivo en base a
“etiquetas” y a decisiones discrecionales.
Si fuera
deseable, ¿Cómo podemos razonar sobre la solidaridad social sin acudir a
sesudos análisis multifactoriales o a reduccionismos como que el Hombre es malo
por naturaleza?
En mi
opinión, el tránsito del ánimo (¿desmedido?) de lucro, estatus y poder, hacia
una conducta solidaria, no pasa necesariamente por caminos confesionales, sino
por el análisis de la patológica aversión al valor de uso en favor del valor de
cambio, ahí incluido el instinto sexual y la parafernalia genital. Pensar en
satisfacer inteligentemente las necesidades de otros está encaminado por la
autoestima y la autoeficacia, sea la autorrealización, porque implica la
seguridad de que los frutos se darán para todos.
Simple y
llanamente, el valor de cambio es la respuesta enfermiza a la necesidad de
otros, porque se les toma como algo escindido, donde el término “lo ajeno”
aplasta al término “los otros”, un abismo de diferencia, por cierto, entre
ambas connotaciones. Si en términos de genoma somos casi 100% idénticos, ¿Qué
argumento puede sostener al separatismo y la discriminación?
El miedo y
la inseguridad han construido y reforzado un edificio cada vez más difícil de demoler
y se han vuelto sistémicos, con la venia de los modelos de producción, trazando
la diferencia entre grupos humanos, donde unos representan a los “Costos” y
otros a las “Utilidades”, lados dudosamente equiparables del tejado de dicho
edificio.

Pienso que
Diógenes el Cínico entregó la estafeta de la solución a esta alternativa
dilemática, cuando encaró a Alejandro el Magno. Hace falta quien la reciba y
siga adelante con ella.

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